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miércoles, 15 de abril de 2026

LIBROS / "Cómo mueren las democracias" (2018), de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt

Muy apropiada para los tiempos de regresión democrática que vivimos, la lectura de "Cómo mueren las democracias", libro de política comparada de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, politólogos de la Universidad de Harvard, nos sumerge en el proceso por el cual líderes electos pueden subvertir gradualmente el proceso democrático para aumentar su poder. No se trata ya de dar un golpe de Estado sangriento y evidente, sino de mover todos los resortes del poder (político, judicial, empresarial...) para destruir el sistema democrático por dentro. Leerlo es reconocer el modus operandi de Trump, Putin, Netanyahu... Lógicamente, el manual se realizó pensando en Donald Trump, y en su primer mandato, por lo que incluso las estrategias citadas se han quedado cortas, pero el plan para convertir los Estados Unidos en un régimen autoritario ha acelerado su andadura.

El libro advierte contra la ruptura de la "tolerancia mutua" y el respeto por la legitimidad política de la oposición. Esta tolerancia implica aceptar los resultados de unas elecciones libres y justas en las que ha ganado la oposición, en contraste con la defensa del derrocamiento o las quejas espurias sobre el mecanismo electoral. Los autores también afirman la importancia de respetar las opiniones de quienes tienen opiniones políticas legítimamente diferentes, en contraste con atacar el patriotismo de quienes no están de acuerdo, o advertir que si llegan al poder destruirán el país. ¿Reconocemos en España la estrategia del PP y Vox?

Levitsky y Ziblatt señalan que los distintos poderes del gobierno en un sistema con separación de poderes tienen a su disposición acciones que podrían socavar completamente a los demás poderes o a la oposición. Los autores advierten contra la imposición de una agenda política o la acumulación de poder "jugando duro" en temas constitucionales, con tácticas como llenar la Corte Suprema de partidarios, obstaculizar las nominaciones o abusar del poder de la cartera, y recomiendan "tolerancia" y cierto grado de cooperación para mantener el gobierno funcionando de manera equilibrada. Otras amenazas a la estabilidad democrática citadas por los autores incluyen la desigualdad económica y la segregación de los partidos políticos por raza, religión y geografía.

domingo, 10 de febrero de 2013

POLÍTICA / Crisis política en España: análisis y solución

La gota que ha colmado el vaso ha sido el caso de Luis Bárcenas, extesorero del Partido Popular que amasó una fortuna de 22 millones de euros en su cargo (llevándola a Suiza, fuera del control de la Hacienda española, y utilizando además la amnistía fiscal aprobada por su propio partido en el Gobierno para blanquear buena parte), al tiempo que, según apuntan las evidencias hasta ahora publicadas (en un ejercicio periodístico de servicio a la sociedad enorme, principalmente a cargo de El País, aunque también de El Mundo), ayudaba a financiar ilegalmente al PP, un partido con sus cuentas en entredicho al menos entre los años 1990 y 2008. Nada menos. Y es la última gota porque es la culminación de tantos y tantos casos de corrupción que relacionan política y enriquecimiento privado a costa del dinero público, el de todos, y que señalan principalmente al PP, pero también al PSOE y a CiU, es decir, usualmente a los partidos con acceso a los resortes de poder, donde la tentación es grande y el control, al parecer, mínimo. Por lo tanto, aunque parece que hay una tendencia ideológica clara en la corrupción (los políticos afines al liberalismo y la privatización generan contactos más cercanos a las tramas empresariales y se ven en mayor medida envueltos en el desvío de dinero público o de corporaciones a sus bolsillos a cambio de favores), cuando se gobierna con mayoría absoluta o suficiente durante largos periodos de tiempo, el caldo de cultivo para la corrupción afecta a cualquier partido, está demostrado: sea el PSOE de Felipe González o de Andalucía, o la CiU de Cataluña.

Por tanto, nos encontramos con un problema sistémico que hay que arreglar. Un problema al que, cuando éramos una supuesta potencia económica mundial y todos (nos decían) éramos ricos, no muchos daban la importancia requerida. Total, unas mordidas a cambio del "España va bien" era un precio mínimo. Pero cuando caemos de lleno en la crisis, en una crisis (recordemos) provocada por el sistema imperfecto, atrofiado y corrupto (tanto en lo económico como en lo político) que tenemos, entonces nada ya se puede permitir y, o una solución drástica llega pronto o no sé qué puede ocurrir en este país. Que la desafección por los políticos, nuestros representantes, esté por los suelos lleva a una clara deslegitimación del sistema que requiere de un cambio de modelo importante, no de unos parches aquí y allá. Ya pasó ese tiempo. Ahora llega el momento de reinventar nuestra democracia, antes de que alguien llegue con otras ideas más terribles (los momentos de crisis llevaron el fascismo al poder, tengámoslo presente, en la última gran crisis mundial, la de 1929).

¿Las soluciones? No serán fáciles de aplicar porque, ante todo, requieren de una voluntad política que no parecen tener los actuales dirigentes de los (todavía) dos principales partidos políticos del país: Rajoy (envuelto él mismo en acusaciones de corrupción y derroche de dinero público) y Rubalcaba (arrastrado por la pésima imagen del último mandato de Zapatero, que ni vio ni supo atajar la enorme crisis económico-político-social que se cernía). Pero ahí van unas cuantas ideas:

- Una nueva ley electoral proporcional que dé la sensación al ciudadano de que lo que elige es lo que le representa. Ello podría llevar actualmente, y según recientes estimaciones, a que hubiese en el Parlamento cuatro fuerzas políticas nacionales más o menos parejas y con la oportunidad de consensuar un nuevo marco político: PP y PSOE, con alrededor del 23% cada uno (si no menos, a medida que pase el tiempo), Izquierda Unida, con en torno al 15-16% y UPyD, con el 13-14%, dando cabida así a todas las principales tendencias ideológicas de la ciudadanía, incluso añadiendo a esto los nuevos movimientos sociales (15-M, Stop Desahucios, etc.) o medioambientales (verdes y ecologistas en general). Capítulo aparte merecerán los partidos autonómicos y la vertebración de España.
- Unido a la nueva legislación para las votaciones, será importante abrir las listas y aumentar la democracia interna de los partidos. Conocer mejor a nuestros políticos, hacer un seguimiento cercano y escrupuloso a través de los medios de comunicación y otros que se deban articular, será imprescindible para que no sean las maquinarias de los partidos las que impongan las listas, sino nosotros con suestra selección en el voto. Así, la democracia se hace más directa y, lo que es aún más importante, los ciudadanos asumimos mayores responsabilidades. Por su parte, los partidos deberán funcionar de tal manera que los cambios de sus propios dirigentes sean más fáciles (incluso, obligados)  y las renovaciones menos aparentes y más de fondo, al mismo tiempo que sus propios sistemas de control (junto con otros externos, pendientes de mejorar/crear) eviten corruptelas internas.
- Sistemas de control externo. Es evidente que los tesoreros de los partidos no pueden hacer y deshacer a su antojo con el dinero público. Es obvio que un concejal de urbanismo de un pueblo no puede recalificar sin criterio público y enriquecerse en su cargo. Es claro que los presidentes de comunidades autónomas no pueden entrar en una carrera populista del "yo te doy más", endeudándose sin control para luego arruinar a su región, llevándose por delante el sistema de cajas de ahorro y luego poniendo la privatización como solución a sus errores. O aciertos, porque si sirvió para enriquecerse... Pues bien, estudiemos sistemas de control realmente válidos y a todos los niveles. Ello requerirá de normas de transparencia y de una reforma a fondo de nuestras administraciones.
- Esto nos lleva al estado autonómico. Se hace más necesario que nunca un marco claro y definido de competencias, evitando las duplicidades, de las actuales comunidades autónomas. Se llamen como se llamen. Y preservando, lógicamente, la solidaridad interterritorial. Que el Senado sea la cámara para estas cuestiones, mientras que el Congreso queda como representante proporcional del conjunto de la ciudadanía. Por otro lado, un sistema político más directo y transparente lleva a la república como forma de gobierno. Es inevitable. Quizá sería deseable un modelo como el alemán o el italiano, donde el presidente es más una figura moderadora a nivel interno y con funciones de representación de cara al exterior. Pero elegido democráticamente. Con mandatos algo más largos, posiblemente, para resaltar su carácter integrador, por encima de los cambios de gobierno e, incluso, distanciado de los partidos políticos.
- El poder judicial, ninguneado siempre en cuanto a recursos económicos, requiere de estos para cumplir bien su fundamental papel en una mejor democracia. Rápido, eficaz y gratuito. Del mismo modo, el nuevo sistema velará por que la educación y la sanidad sean sus ejes fundamentales y permanezcan dentro del control público, con las pertinentes garantías de calidad y acceso para todos. Pero, por encima de todo, ahora mismo el problema más urgente es el del paro. Y ésta deberá ser la máxima prioridad. Aunque se trata de una cuestión económica, requiere de una indudable voluntad política: que la generación de empleo y no la mera austeridad sea el referente de nuestros políticos.

Éstas y algunas cuestiones más deberán afrontarse ya, antes mejor que después, para asegurar en este país la continuidad de la democracia, un bien tan valioso y que hemos tenido la oportunidad de disfrutar bien poco a lo largo de nuestra historia. Tomemos las lecciones y lo que de bueno hay en otros sitios con experiencia: Estados Unidos, Reino Unido, Francia... Y afrontémoslo sin miedo y con miras más altas que las partidistas o ideológicas de cada cual. Una Nueva Transición es vital. Pero una verdadera Nueva Transición y no el lampedusiano lema de "si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie". Esta vez los ciudadanos están más que hartos.

Pero el cambio del sistema no deberá afectar sólo a lo político, sino también a lo económico. Esto lo comentaremos en una próxima entrega...

viernes, 28 de enero de 2011

POLÍTICA / Y la revolución avanza en los países musulmanes...

Primero empezó Túnez, y ahora es el turno de Egipto. El dictador Hosni Mubarak ha sacado los tanques a la calle, ha apagado internet y ha cambiado su Gobierno con la esperanza de acallar las protestas, pero las manifestaciones crecen. Mientras, la opción de Mohamed El Baradei (en la imagen, en un cartel) debería ser considerada como una buena vía pacificadora que diera paso a una transición y a unas elecciones libres.

Sigue las últimas noticias en directo en Al-Jazeera (en inglés).

Y atentos a los nuevos levantamientos en Yemen, Jordania, Arabia Saudí, Siria...

lunes, 24 de enero de 2011

POLÍTICA / La Revolución de los Jazmines en Túnez

De ejemplar se puede calificar el desarrollo, hasta ahora, de la denominada "Revolución de los Jazmines" que está intentando llevar la democracia a Túnez. El hecho es bien significativo, no sólo en sí mismo, que ya lo es por cuanto significa extender el sentido de justica y la libertad a más personas, sino porque se trata de una importante experiencia democrática en un país musulmán, ahora que estaba en tela de juicio la compatibilidad entre Islam y Democracia. Cierto que existen algunos ejemplos actuales que despejan dudas, como Turquía, pero la tendencia mayoritaria venía siendo bien la pervivencia de regímenes autocráticos (como el caso de Túnez), cuando no directamente teocráticos (como Arabia Saudí, donde, por cierto, se ha refugiado el dictador tunecino Zine el Abidine Ben Ali), bien la revolución dirigida desde postulados religiosos integristas (léase Irán). Parecía que la posibilidad modernizadora de muchos países islámicos debía pasar necesariamente por el Corán, en su lectura más restrictiva de libertades, claro.

Pero no es el caso de Túnez. El sacrificio de Mohammed Bouazizi, el vendedor de frutas que era víctima de la corrupción y el nepotismo del régimen de Ben Ali, ha llevado a un levantamiento popular no tan distinto del visto en su momento en España contra Franco o en Portugal con la Revolución de los Claveles. Finalmente, las élites del país y, aún más importante, el ejército (con la desobediencia del general Rachid Ammar) se les han unido en lo que es un movimiento revolucionario democrático de libro. Todavía queda tarea por delante: armar un proceso de transición en el que dar cabida a unos partidos sin mucha experiencia democrática, sin dejarse tutelar por el antiguo partido del régimen, el RCD. Habrá que aprender sobre la marcha. Aquí nos tenéis para aconsejaros, pero Túnez será, por fin, lo que quieran los tunecinos.

El dictador Ben Ali visita en el hospital a Mohammed Bouazizi