Comenzamos con un vuelo directo (a buen precio, mediante Air Transat) hasta Montreal. Iniciábamos así nuestro particular viaje por la provincia del Québec, de muy fuerte raigambre francesa, pues, de hecho, el francés es el idioma oficial, e históricamente poco abierta a la influencia anglófila, además de su relativamente reciente pasado independentista. Montreal es el ciudad más poblada (1,7 millones de habitantes) y ofrece un buen balance de los equipamientos y atractivos de una urbe moderna con cierto patrimonio y ambiente cultural. Estábamos alojados en el Chrome Hotel (de tarifa razonable), en el centro nuevo, dentro del barrio de los Espectáculos, donde se ubican algunos teatros, salas de conciertos y bares (Les Foufounes Électriques), aunque con cierto aire decadente. La ciudad es muy paseable, así que se puede acceder pronto al centro viejo, con su imponente ayuntamiento y su no menos sorprendente y bien replicada catedral. Por supuesto, se deben recorrer la comercial (y con rascacielos) calle Santa Catherine y la Place des Arts en el lado moderno, así como la animada calle Saint Paul y el puerto viejo en la parte antigua. La guinda bien puede ser el ascenso caminando al Mont Royal. Requiere de un poco de paciencia y cierta mínima forma física, pero tanto el trayecto como las vistas desde arriba bien merecen la pena. Asimismo, probamos el supuesto plato quebequés, la poutine (patatas fritas, queso en grano fresco y salsa de carne), y digamos que no nos entusiasmó especialmente.
Después de un par de noches tomamos el tren hacia la ciudad de Québec, capital y podría decirse que corazón cultural de la provincia. En este caso, nos encontramos con un lugar distinto. Con una población de apenas 600.000 habitantes, se trata de un destino de gran belleza y claramente turístico. Por esta razón, precisamente, no pudimos encontrar un alojamiento mínimamente accesible económicamente y tuvimos que ir a parar a las afueras, al motel Giffard. También molan estos momentos de aventurilla. Estuvimos muy bien y nos movíamos sin problemas con Uber. La ciudad es preciosa en su parte antigua, que, a su vez, está dividida en la zona alta (Haute Ville), encaramada en lo alto de una colina, y la zona baja (Basse Ville), que se extiende al lado del puerto viejo (donde se celebraba el muy francófono festival Festibière). En ambos casos te encuentras callejuelas con mucho encanto (Rue Saint-Jean y Rue Saint Louis arriba; Rue du Petit Champlain y Rue du Trésor abajo), además de edificios realmente bonitos, como el Château Frontenac, la Basílica Catedral de Notre-Dame, la Iglesia de Notre-Dame-des-Victoires, en la Place Royale, y la Citadelle du Quebec (fortificación militar). Y, por supuesto, también quisimos vivir el Québec más local, recorriendo la Rue Saint-Jean y la Rue Saint-Joseph (con bares como Le Vox y Deux22).domingo, 30 de agosto de 2026
VIAJES / Este de Canadá (1): Montreal y Québec
Hacía tiempo que tenía Canadá como objetivo de un buen viaje y, ante una nación tan inmensa (y poco poblada), pronto comprendimos que había que enfocarse. La elección de la zona este es obvia porque concentra una magnífica mezcla de ciudades y naturaleza para una inmersión de satisfacción garantizada. Por un lado tenemos urbes atractivas como Québec, Montreal y Toronto, y, por otro, parques nacionales de la talla de Jacques Cartier, Hautes-Gorges y La Mauricie, además del Niagara Falls State Park, todos ellos más o menos situados a lo largo del curso del gran río San Lorenzo y que facilitan un recorrido circular muy variado en paisajes y cultura.
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