
Hay muchas voces quejosas estos días que proclaman cual profetas del desastre
la crisis del sector de la construcción (inmobiliario y todos sus adyacentes), con los supuestas consecuencias nefastas que ello tendrá sobre la economía española: el parón empresarial, el desempleo galopante, la reducción del superávit estatal, etc. Para evitarlo, muchos magnates del ladrillo (sempiternos defensores del libremercado a ultranza) no dudan en
reclamar ahora ayudas al Estado en forma de rehabilitaciones y nuevas promociones de vivienda protegida (sí, las mismas que hasta ahora ellos despreciaban cegados por el afán de lucro).
Seamos claros,
vivimos en una economía cíclica, donde todo lo que sube, baja y viceversa.
Y la construcción ha subido muchísimo. No se puede esperar razonablemente que el ritmo de vivienda nueva se mantenga siempre en las
760.000 que se iniciaron en 2006. Por mucho que el españolito se muera por el ladrillo en propiedad no es posible tanta ansia (ni somos tantos). Ni es buena cosa. Todos sabemos lo que se ha ganado en la última década: los
empresarios con formidables promociones especulativas, los
usuarios con reventas del doble, el triple o más en muy poco tiempo, las
entidades financieras con créditos escandalosos, las
Administraciones Públicas con suculentos ingresos por recalificaciones, IVA, etc.
Pero se ha perdido mucho también: una economía escesivamente vinculada a la construcción es pan para hoy y hambre para mañana, aporta
muy poca productividad y es
caldo de cultivo excepcional para la corrupción. Todos conocemos muchos casos. Y más que no aflorarán nunca. Los precios hace mucho que se pusieron imposibles, con lo que
aumenta la brecha de desigualdad en un derecho fundamental como es el acceso a la vivienda, especialmente para jóvenes y gente con pocos recursos. Mientras, los Gobiernos, especialmente el segundo de Aznar, pero también el primero de Zapatero,
han mirado vergonzosamente para otro lado. Claro, como todos los niveles habituales de la economía neoliberal crecían, a ver quién se atrevía a poner el cascabel al gato. Poco importaban las
mordidas y el
medioambiente, el
caos urbanístico y el
enfermizo olor a dinero fácil que nos ha recorrido a todos en los últimos años. Este modelo ha de caer, ya lo está haciendo:
los precios de los pisos van a la baja y es el primer aviso. Pero hay que sustituirlo por
otro más razonable. Esa es la responsabilidad de todos y del Gobierno, el primero.