viernes, 19 de agosto de 2016

VIAJES: Cuba (y 2): Las Terrazas, Trinidad, Cienfuegos y Varadero

Fuera de La Habana, nos propusimos visitar algunas localizaciones más de Cuba. En la parte occidental de la isla (concretamente, en la provincia de Artemisa) se encuentra Las Terrazas, un complejo turístico rural integrado en la Sierra del Rosario, declarada Reserva de la Biosfera por la Unesco en 1985. La zona, que se extiende a lo largo de 5.000 hectáreas y cuenta con una población de 1.000 habitantes, había sido completamente deforestada durante la colonización española, principalmente por la explotación minera y cafetera de su suelo. Sin embargo, hoy en día es un auténtico paraíso de flora exhuberante volcada con el turismo sostenible y que, fruto de esta actividad, consigue autofinanciarse. En Las Terrazas se puede realizar una visita guiada que te explica todos los detalles de su historia o bien recorrer el territorio por tu propia cuenta a través de cualquiera de las rutas senderistas. Además, el río San Juan ofrece unas estupendas posibilidades de baño en varias balsas y cascaditas que forma dentro del complejo. Lo dicho, un pequeño paraíso.

De camino a Trinidad, paramos en el criadero de cocodrilos de Guamá, donde contemplamos ejemplares de todas las edades, desde pocos meses (y que podemos tener en las manos, aunque con la boquita atada) a varios años, ya con una envergadura y ferocidad pasmosas. También tomamos una lancha para acercarnos a la reproducción de una aldea taína, cultura precolombina que no sobrevivió a la conquista Trinidad es la tercera villa que fundaron los españoles en Cuba, a principios de 1514. La ciudad, declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad en 1988, parece congelada en el tiempo con sus calles empedradas, sus casitas bajas de colores pastel y sus carros de caballos que todavía circulan junto a los coches antiguos que se ven constantemente por la isla. La producción azucarera, que floreció en el siglo XIX y enriqueció a sus propietarios, dejó algunas estupendas casonas y palacetes por todo el lugar. La localidad es muy visitada por los turistas y eso se nota durante el día en sus abarrotados mercadillos y tiendas de artesanía, y también por la noche, cuando hay un gran ambiente en sus calles céntricas, en sus restaurantes y en sus locales de música en directo y baile, cómo no.

Volviendo en dirección oeste llegamos a Cienfuegos, llamada así desde 1829 (diez años después de su fundación) en honor al entonces Capitán General de la isla de Cuba, José Cienfuegos Jovellanos. También conocida como La Perla del Sur, su centro urbano es Patrimonio Mundial de la Humanidad desde 2005, en reconocimiento de su arquitectura principalmente neoclásica. Es una de las ciudades de mejor trazado que existen en Cuba, de calles anchas y rectas, de paseos y parques, el más importante de los cuales es el José Martí. Precisamente, alrededor de este parque encontramos los edificios más importantes, entre ellos la casa del fundador, el Ayuntamiento, la iglesia catedral y el teatro Terry, construido en 1889, notable por el estado de conservación de su arquitectura y decoración. Destaca también el Palacio de Valle (en la foto), ubicado en el extremo sur del Prado, una construcción única en Cuba por la unión de diversos estilos arquitectónicos, entre ellos el mudéjar. Por cierto, Cienfuegos también cuenta con un malecón, más pequeño que el de La Habana, eso sí.

Y terminamos nuestro viaje por Cuba al norte, en Varadero, sitio vacacional por excelencia. A partir del pueblo se extiende un istmo de 22 kilómetros de playas, ocupado por una cincuentena de resorts vacacionales. ¡Y otros 50 están en proyecto de construcción a largo plazo! Es el típico lugar para estar en un todo incluido de la playita al bar y del restaurante a la piscina. En fin, ya sabéis, a veces también se necesita. Otras opciones diferentes podrían ser los cayos, tanto del norte (Cayo Santa María, Cayo Guillermo, Cayo Coco...) como del sur (Cayo Largo), pero las playas de Varadero son bastante buenas, así que por esta vez...

lunes, 15 de agosto de 2016

VIAJES / Cuba (1): la fascinación de La Habana

La llegada a La Habana, la capital de Cuba, ya es un shock en sí misma: ese calor húmedo de agosto te cala los huesos, mientras que la algarabía caribeña de la gente en el aeropuerto José Martí contrasta con la rigidez de las normas propia de un Estado socialista. Así, para cambiar moneda (tarea que se puede hacer en la Cadeca -casa de cambio- del mismo aeródromo), el viajero pronto descubre que hay dos monedas en circulación en la isla: el peso cubano (CUP), 25 veces más barato que el euro y que utilizan los cubanos en su día a día, y el peso cubano convertible (CUC), que es el ideado para los turistas y que está referenciado al dólar y actualmente es bastante parejo al euro, y convierte tu viaje en nada barato si lo utilizas en el circuito de establecimientos típicamente turísticos (hoteles, restaurantes y tiendas de zonas céntricas) puesto que el nivel de precios es semejante al de España. Por otro lado, la única manera de llegar al centro de La Habana por tu cuenta (si llevas el viaje contratado tendrás un transfer esperándote, claro) es tomar un taxi oficial con un precio fijo: 30 CUC. Puedes intentar negociar un precio inferior con alguno de los muchos taxis privados que circulan por la ciudad, esos surrealistas, enormes y preciosos coches antiguos de origen estadounidense (el último que entró en la isla data de 1961, poco después del triunfo de la revolución, el 1 de enero de 1959) llamados "almendrones", pero es por tu cuenta y riesgo, y si te pilla un taxista oficial te abroncará o si lo hace un policía, te lo impedirá. No te detendrá, ojo. Esta sensación de contrastes se acrecenta con la entrada en La Habana. En nuestro primer paseo, sin un rumbo muy claro, salvo dirigirnos a la ciudad vieja, encontramos calles levantadas y casas que se caen abajo de viejas y destartaladas, en las que viven más personas de la cuenta en situación cuando menos precaria, con enganches irregulares a los suministros de luz y agua. Un panorama que cambia radicalmente cuando, de repente, coges otra calle y está llena de edificios históricos preciosos, prueba de la impresionante herecia que los españoles dejamos allí. Sin solución de continuidad se mezclan unas partes mejores que otras pero pronto el ambiente y el cercano trato humano de la gente convierte la visita en algo absolutamente fascinante. En cuanto detecten que habláis castellano, se os acercarán los cubanos, bastantes veces a cambio de algo: pero no mendigan, no, tienen mucho más orgullo que eso; os atenderán amablemente, os contarán historias o su historia personal de penalidades, os tratarán de ser de ayuda y luego os pedirán que les compréis algo; y si no, os dejarán tranquilamente en paz. Porque en ningún momento hay sensación alguna de inseguridad. Todo lo contrario. La seguridad es total, incluso en las zonas más deprimidas o por la noche. El nivel medio cultural y de respeto es espectacular. Otra cosa es que desconozcan lo que el Gobierno les impide saber y ahí agradecerán que les habléis. Quizá la presencia de policía (tampoco excesiva) en la calle o quizá de "informadores" civiles (¿quién sabe?) pueda influir en la tranquilidad, quizá sea simplemente la autoridad de un régimen expresada a través del disciplinado sistema educativo...

Sobre el alojamiento, antes de reservar, tened en cuenta que siempre hay que restar una o dos estrellas para equiparar la categoría hotelera cubana con la española. Por ejemplo, nosotros elegimos el Deauville, que está muy bien situado frente al malecón y relativamente cerca de La Habana Vieja, luce 3 estrellas pero sus instalaciones y servicios son algo inferiores a lo esperado. No obstante, tiene unas vistas muy buenas sobre la ciudad (nos alojaron en la planta 13) y dispone de una impagable piscina en el piso 6. Claro que el primer día cortaron el agua un rato (apenas un cuarto de hora, eso sí), un único ascensor se antojaba escaso para todos los clientes (había un segundo en reparación aparentemente permanente) y un día fumigaron por insectos (habíamos visto una cucaracha)... Cosas así. Hay que acostumbrarse porque la fascinación de la ciudad queda muy por encima de lo que luego se comprenderá que son meros detalles dentro del contexto de un país que atraviesa una mala situación económica, especialmente desde la caída del bloque soviético a principios de los años 90, su principal suministrador, aparte del bloqueo eterno (e intentos de invasión armada, química y bacteriológica) que ejerce Estados Unidos sobre la isla. Sin embargo, precisamente el turismo ya se ha convertido en el primer sector del país: las calles de la capital están plagadas no sólo de españoles, sino también de franceses, ingleses, alemanes e italianos... Y con la previsible apertura, acabarán llegando masivamente los estadounidenses. De hecho, Jennifer López ya ha abierto una tienda de ropa en pleno centro... con precios no accesibles a los cubanos, claro.

Junto con el trato con los cubanos (esas inolvidables charlas), la otra gran influencia que percibe el visitante es la música por todas partes. Casi todos los bares, restaurantes y hoteles tienen sus bandas de espléndidos músicos tocando el maravilloso son o la trova cubanas. Los locales más míticos son La Bodeguita del Medio y El Floridita, por su larga tradición como centros de ocio y por haber sido testigos, entre otros clientes, de las andanzas y escritos de Ernest Hemingway. En La Bodeguita del Medio se puede saborear un mojito (ojo, a 5 CUC, y no es el mejor de los que se pueden tomar en La Habana) mientras se disfruta de la banda de turno. Aunque en el local luce el siguiente mensaje de puño y letra de Hemingway: "My mojito en La Bodeguita, my daiquiri en El Floridita". Y luego se puede pasar al restaurante (todo plagado de firmas de sus visitantes, conocidos o no) a comer los típicos platos cubanos: todos alrededor del pollo, el cerdo, el arroz y los frijoles. En El Floridita tenemos un busto del propio Hemingway acodado en la barra, su postura imagino que más habitual. En cambio, un mojito mejor y más barato (3 CUC) lo ponen en la terraza (buenas vistas de la ciudad) del hotel Ambos Mundos, que conserva visitable la habitación donde precisamente Hemingway pasó años y escribió libros como "Por quién doblan las campanas" (1940). La Habana Vieja se estructura en torno a cuatro plazas: la Plaza de Armas (donde se fundó la ciudad), la Plaza de San Francisco, la Plaza Vieja y la Plaza de la Catedral. Por su parte, la calle Obispo es la arteria más comercial de La Habana Vieja. Dicho esto, entendamos comercial no en los términos occidentales de tiendas de lujo, grandes almacenes y franquicias. No, no, aquí eso no ha llegado (aún), pero encontraremos pequeñas tiendas de artesanía, además de las típicas tiendas de souvenirs. En La Habana Nueva, además, hallaréis algún "gran almacén" (con un surtido risible para nuestros parámetros), sobre todo en la calle San Rafael. No es un sitio de compras. Es mejor dejarse llevar, pasear por la calle Prado, por el malecón, por todo el centro en general... Un consejo: dado el calor, necesitaréis hidrataros constantemente. Salvo que queráis ir borrachos todo el día a base de mojitos, os sugiero comprar mucha agua. ¿Dónde? No en las tiendas del centro, donde os "clavarán" hasta 2 CUC por botella pequeña. Buscad los supermercados de barrio, donde encontraréis un buen surtido de productos (salvo carnes y pescados, que están más limitados a los agromercados). Por ejemplo, una garrafa de cinco litros de agua sale por 1,90 CUC y se puede ir repartiendo en botellas refrigeradas en el frigorífico de la habitación del hotel. Por cierto, anécdota, en uno de estos supermercados, en la calle Galiano, encontramos cacao en polvo 'Dulcinea', producto fabricado en mi pueblo, Quintanar de la Orden (Toledo). Eso sí, ¡a 4 CUC el medio kilo! Debe considerarse importación de alta calidad ja, ja....

Fuera de La Habana Vieja, merece la pena pasearse por el Capitolio (más alto que el de Washington), la enorme Plaza de la Revolución y visitar los barrios de Vedado (calles organizadas en cuadrículas), con la calle 23 como eje principal, y Miramar, donde se situán casi todas las embajadas (la española, no, pues está en un bello edificio cerca del malecón) y su arquitectura es de admirar. En Vedado, además, tenéis los emblemáticos hoteles Habana Libre y Nacional (en sus bajos está el Cabaret Française, donde disfrutar de un show cubano algo más barato que en el famoso Tropicana, que está más alejado del centro y hay que ir en taxi). También podéis encontrar lugares de música como La Zorra y el Cuervo, si os gusta el jazz. Pasaros además por el Callejón de Hamel, un espacio urbano cultural y artístico muy interesante. Pero no hace falta que entréis a la famosa y enorme heladería Coppelia, donde inexplicablemente hay larguísimas colas de cubanos. Los turistas, por cierto, podéis saltaros las colas. Pero, ya os digo, los helados no tienen absolutamente nada de particular. Nada. En Miramar, además de una ristra de embajadas, podéis encontrar La Maqueta de La Habana, un auténtico trabajo de chinos donde, en 144 m2, se reproduce la ciudad al milímetro. La entrada son 5 CUC pero, como ese día no funcionaba el aire acondicionado, nos lo dejaron en 4 CUC. Merece la pena porque, con las explicaciones del guía, se amplía mucho el conocimiento histórico y geográfico de la Habana.

En cuanto a sitios donde comer, no vais a tener ningún problema. En los últimos años han abundado los paladares (restaurantes privados, algunos de ellos ubicados dentro de casas). Como he comentado al principio, es mejor salirse del circuito de los turistas para evitar "clavos". Cierto que una comida o cena por 20-25 CUC/persona puede ser razonable para nuestros parámetros, pero descubriréis en otras calles menos transitadas establecimientos más auténticamente cubanos y muy asequibles de precio, donde los habaneros suelen ir a comer, con platos a partir de 3-4 CUC (ojo, cada plato ya viene con sus guarniciones, normalmente moros y cristianos -arroz blanzo y frijoles negros- y ensalada). Cervezas locales tenéis 'Cristal' y 'Bucanero', y también podéis probar el refresco 'TuKola', la competencia directa de 'Coca-Cola' ja, ja... Por último, hay que comentar cómo desplazarse por la ciudad. No hay metro. Y los autobuses urbanos van siempre hasta arriba y parecen más dirigidos a los locales (se paga sólo con pesos cubanos moneda nacional, no con CUC). Por tanto, sólo quedan los taxis, los "almendrones" y los coco-taxis (motocarro de tres ruedas y para tres pasajeros). Nosotros tomamos algún coco-taxi y sobre todo anduvimos mucho porque nos gusta pasear con nuestras propias piernas. Pero para quien no quiera cansarse mucho o para cubrir ciertas distancias (ir a Miramar o Vedado) os recomiendo que pactéis previamente el precio con el conductor del "almendrón" o coco-taxi. No más de 10-15 CUC para el trayecto más largo, desde La Habana Vieja a Miramar.

martes, 2 de agosto de 2016

VIAJES / Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido

Nada mejor que la montaña para aliviar los calores veraniegos y la contaminación de la ciudad en un entorno de naturaleza salvaje como la del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, un paraje enorme e impresionante en plenos Pirineos de Huesca y con el Monte Perdido como cumbre, con sus 3.355 metros de altitud. Si bien en los valles, algunos sólo a 700 metros, se deja notar el calor, conforme se hacen ascensiones el fresquito montañero, las fuentes naturales de agua y, sobre todo, las impactantes vistas son un regalo impagable. Nos alojamos en Aínsa, a las afueras del Parque (pero a una distancia razonable de todas las áreas visitables), un precioso pueblo dividido en la parte baja, moderna y sin mucho más interés que contar con alojamientos y restaurantes baratos (sobre todo 'La Crepería', donde, sí, se puede comer y beber un poco de todo). En cambio, en la parte alta se despliega al pueblo antiguo, maravillosamente conservado. Comentaremos cuatro excursiones (todas fáciles) dentro del Parque, que describiré de oeste a este:

-Pradera de Ordesa. En verano sólo se puede llegar  en vehículo privado hasta Torla (bello pueblo también), donde hay un parking público gratuito. Eso sí, hay que sacar un tícket de 4,50 € para el autobús que nos llevará hasta la Pradera, a 700 metros de altitud y encajonada entre montañas. Tomamos la bien señalizada senda de la cascada de la Cola de Caballo (a dos horas de camino), que asciende lentamente hasta los 1.800 metros, aunque nos quedaremos a la mitad, en las estupendas cascadas del Estrecho y de la Cueva, a 1.400 metros de altitud. Luego volveremos al punto de partida por el otro lado del río Arazas, que nos acompaña siempre.

-Garganta de Añisclo. Desde Aínsa subimos hasta Escalona (siempre con la Peña Montañesa mirándonos), donde se gira a la izquierda según está señalizado. Eso sí, a 2 kilómetros, en Puyarruego, encontramos unas idílicas balsas y cascadas perfectas para el baño en el río Vellós. No dejamos pasar la oportunidad. Luego proseguimos por la carretera hasta que nos adentramos en la impresionante Garganta de Añisclo, que incluye un trayecto de 10 kilómetros por una estrecha carretera de un solo sentido (luego se vuelve por otra carretera paralela un poco más al sur). Se acaba lllegando hasta un parking gratuito desde donde se puede andar en varias direcciones. Nosotros tomamos la senda circular de 45 minutos que pasa por la Ermita de San Úrbez y que baja al río para luego volver a subir sin mayor dificultad. Después regresamos por la carretera que pasa por Buerba en un recorrido también de vistas magníficas.

-Valle de Escuaín. También llegando a Escalona y girando en dirección hacia la Garganta de Añisclo, enseguida (antes de Puyarruego) se ve el cartel que indica Escuaín. La carretera es estrecha y conservada de forma regular pero se acaba llegando al recóndito pueblo de Escuaín, hoy en día deshabitado. Pero hay una oficina de información que explica las rutas. La más obvia y sencilla, pero no por ello menos espectacular, es la de los Miradores, que se asoma a la imponente garganta con unas vistas panorámicas sublimes y con el río Yaga abajo del todo. También se obtienen grandes vistas desde el pueblo de enfrente de la garganta, Revilla.

-Valle de Pineta (ver foto). Subiendo la carretera hacia Bielsa, ya cerca de la frontera con Francia, se gira a la izquierda siguiendo la indicación y se asciende a 1.300 metros hasta el descomunal valle que se sitúa en la cara norte del Monte Perdido. Desde allí, frente al circo de Pineta se está cara a cara con la enormidad de la naturaleza. Tomamos la pista forestal, marcada como la senda de Llanos de La Larri, que va subiendo poco a poco, de modo que se van teniendo buenas vistas del valle y llegamos hasta la primera cascada que crea el nacimiento del río Cinca. Es un camino muy fácil de apenas media hora. Luego se podría continuar hasta una segunda cascada y se acabaría llegando hasta los Llanos de La Larri en 1 hora y media, desde donde se admira mejor la majestuosidad del Monte Perdido. Pero, qué queréis, tantas excursiones acumuladas nos pasaban ya factura, así que nos quedamos en la admirable primera cascada, nos tomamos un buen trago de agua fresca de la fuente que mana junto al camino y regresamos con las retinas llenas de completa belleza.