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domingo, 20 de agosto de 2023

VIAJES / Costa Este de EEUU: Boston y Washington

Más allá de nueva York, la Costa Este de Estados Unidos tiene otras ciudades interesantes de visitar. Una de ellas es Boston, capital de Massachusetts y una de las urbes más antiguas del país, fundada en 1630. Precisamente, ese bagaje le hace ser un referente de la historia de los Estados Unidos, en cuya revolución por la independencia protagonizó eventos clave como la Masacre de Boston y el Motín del Té. Para llegar fuimos por nuestra cuenta comprando billetes de autobús por FlixBus a 57,80 $ la ida y vuelta por persona. La estación de la compañía sale desde Nueva York en la calle 31 con la 8ª avenida y llega en Boston a la South Station, desde la que se alcanza el centro urbano en un paseo de 15 minutos cruzando el barrio chino.

La mejor manera de ver Boston es seguir el Freedom Trail (una línea en las calles a veces pintada y a veces con adoquines de colores) que recorre los lugares más emblemáticos. Comienza en el Boston Common, el mayor parque de la ciudad (y el más antiguo de EEUU, tras inaugurarse en 1634), pasamos por el Massachusetts State House (Parlamento) con su cúpula de oro, la iglesia Park Street, el cementerio Granary Burying Ground (donde descansan Samuel Adams, Robert Treat Pain y John Hancock, tres de los 56 firmantes de la Declaración de Independencia). Luego está la Escuela Latina con su estatua de Benjamin Franklin, del cual también visitamos la casa donde nació (hay una efigie y una leyenda pero hoy en día es una tienda). Después nos dirigimos a la Old South Meeting House, donde se celebró la reunión que dio comienzo al famoso Motín del Té (Tea Party) de 1773, que a su vez desencadenó la guerra de independencia, la Old State House, antigua sede del Gobierno colonial británico, y el Faneuil Hall, que se encuentra junto al Quincy Market, mercado gastronómico donde comimos tan ricamente. Además, no podía faltar en nuestro viaje una visita a "Cheers" (en el 84 de Beacon St.), la taberna que sirvió de modelo para la mítica serie de los 80. El interior no es el de la serie, porque se rodaba en estudio, pero tanto la entrada como la barra y la sala son el modelo perfecto de agradable taberna bostoniana, incluyendo el emblemático cartel y una tienda de merchandising muy concurrida.

A Washington D.C., capital federal de los Estados Unidos, llegamos en tren a través de la compañía pública Amtrak, por 51 dólares ida y vuelta por pasajero, una buena oferta que pillamos con varios meses de antelación. Salimos de la estación Moynihan Train Hall (en el 350 de la calle 33 Oeste, en Nueva York) y con destino a la Union Station de Washington. Lo primero que teníamos reservado era la visita al Capitolio (a 15 minutos andando), en cuya web hay que registrarse con unos tres meses de antelación. Por lo demás, la entrada es gratis, como muchas cosas en Washington. El edificio está en obras en su parte de atrás, donde se produjo el asalto de los trumpistas, supongo que por los destrozos que causaron esos descerebrados. El caso es que pasamos por la entrada subterránea, no sin antes atravesar los preceptivos controles de seguridad. Te adjudican uno de los tours guiados donde te resumen un poco la historia del edificio y sus funciones. Además, te enseñan un par de salas con estatuas y cuadros significativos, aparte de estar en el hall bajo la impresionante cúpula. Después de ello nos quedamos con ganas de más y preguntamos si se podía entrar en el Congreso y el Senado. Y, efectivamente, con unas rápidas acreditaciones se podía. Eso sí, había que dejar en taquilla los móviles, pues no se permiten las fotos. Una lástima. En cambio, nos encontramos con un personal agradable que contestaba a las preguntas y dudas de la gente sobre el trabajo en las cámaras.

Después nos dedicamos a recorrer la llamada National Mall, una amplísima avenida que va desde el Capitolio hasta el Memorial a Lincoln, pasando por el Memorial a George Washington (el famoso obelisco) y muchos museos que se despliegan a ambos lados de la gran arteria. Y todos gratuitos. Aunque, eso sí, conviene reservar con antelación en los más conocidos, como el Museo Nacional del Aire y el Espacio o la Galería Nacional de Arte. Al llegar al obelisco, a la derecha se camina hasta la Casa Blanca, residencia del presidente dentro de una finca tan grande que el edificio permanece oculto y solo se puede contemplar desde la entrada del 1600 de la Avenida de Pensilvania. A todo esto hay que aclarar que las distancias son considerables en esta zona monumental de Washington, por lo que hay que estar preparado para buenas caminatas o bien complementar el paseo con la ayuda de un bus especial que hace un recorrido circular por los principales sitios de interés a un precio de 1 dólar. Tras pasar por el Memorial a los Veteranos del Vietnam, dentro del Constitution Garden, se alcanza el espectacular Memorial a Lincoln, uno de mis presidentes estadounidenses favoritos, que comprendió que no podía permitirse la esclavitud. Muy cerca está el río Potomac, tan significativo en la Guerra Civil. Cruzándolo ya estamos en el estado de Virginia y se puede ver el enorme cementerio de Arlington y, un poco más allá, el Pentágono.

viernes, 18 de agosto de 2023

VIAJES / Nueva York, la ciudad que nunca duerme

Volvía a Nueva York 20 años después de mi primera visita, de la que recuerdo una ciudad bulliciosa, cara y llena de lugares míticos. Y sigue siendo ese sitio que parece no dormir nunca, repleto de cosas que hacer y ver, habitado por gente tan marcada por la prisa como extremadamente amable e interactiva con el turista, multicultural al máximo (recordemos que sigue siendo una ciudad santuario en la que puedes trabajar aunque no tengas papeles)... Y sí, muy cara, desde restaurantes y ocio (con propinas añadidas) hasta supermercados. Pero también con el atractivo magnético que le otorgan sus rincones vistos mil veces en películas, su skyline cada vez más repleto y más elevado, sus espacios verdes para el descanso y encabezados, cómo no, por el gran Central Park, pero asimismo por nuevos espacios que han proliferado en los últimos años, como el muy recomendable High Line (recuperación verde de un antiguo tramo de tren elevado en la parte oeste).

Antes de nada comentar que para moverse por Nueva York lo mejor es el metro o el bus y, por supuesto, a pie. Para el transporte público, que funciona de maravilla, es muy recomendable comprar por 1 $ la Metrocard, que te permite cargar por valor (si no la vas a usar mucho, a 2,75 $ el trayecto) o por tiempo (si vas a usarla mucho, a 33 $ los siete días o 127 $ un mes). Para llegar desde el aeropuerto JFK hay que tomar al AirTrain por 8,25 $, antes de enlazar con el metro. También recomiendo adquirir alguna de las opciones de Go City para entrar en diversos sitios (algunos, además, hay que reservarlos con meses de antelación como el Empire State o la Estatua de la Libertad). Por ejemplo, nosotros escogimos el pase Explorer de 5 atracciones por 159 $ para visitar los miradores del Empire State Building, Rockefeller Center, One World y Edge, así como tomar el ferri a la isla de la Libertad.

Empezamos por la isla-distrito de Manhattan, el corazón más reconocible de Nueva York, donde inicialmente nos alojamos en los apartamentos Yorkville, dentro del Upper East Side, una zona prohibitiva por sus altos precios pero cuyo barrio de Yorkville, habitado por muchos inmigrantes, precisamente es más asequible. El Upper East Side es una zona tranquila donde pasear por sus cuidadas calles, lugares elegidos por muchos famosos para vivir, como la discreta casa de Woody Allen (en el 118 de la calle 70 Este) o la enorme mansión de Madonna (en el 152 de la calle 81 Este). Sus principales atractivos son el estar cerca de la Milla de los Museos, encabezada por el Metropolitan y el Guggenheim, y junto al Central Park, el mayor espacio verde de la ciudad, un oasis, una maravilla. Aquí encontramos enclaves como la pradera Great Lawn, el lago Jacqueline Kennedy Onassis, el castillo de Belvedere, el Delacorte Theater (donde se celebra el festival Shakespeare In The Park) y el reloj musical Delacorte (cada hora, una canción y un desfile de animales) -sí, ese que sale al final de la peli de Woody Allen "Día de lluvia en Nueva York" (2019)-. Por supuesto, está el espacio Strawberry Fields, que homenajea a John Lennon justo enfrente del edificio Dakota donde vivía y en cuya puerta fue asesinado en 1980.

El Midtown es el verdadero corazón urbano de Nueva York, donde está el epicentro de Times Square y su mítico paisaje repleto de pantallas gigantes, de colas donde la gente espera para comprar entradas de musicales a un precio no tan caro y donde todos quieren hacer acto de presencia para hacerse fotos. En la zona están edificios emblemáticos como el Empire State Building, el Rockefeller Center (y su pista de patinaje), el Chrysler, el nuevo One Vanderbilt, la catedral de San Patricio, el Madison Square Garden (hogar de los New York Knicks de baloncesto), calles llenas de tiendas y restaurantes de todo tipo (aquí sí podemos encontrar tarifas más variadas). La Sexta Avenida es un ir y venir constante pero a veces se cierra para acoger un mercadillo o el desfile por el día de los dominicanos. También hay sitios para el relax como el Bryan Park, que cuenta con wifi, muchas sillas y mesas para comer o descansar al aire libre, además de actuaciones musicales gratuitas en verano. Siguiendo por la calle 42 también encontramos la sede principal de la Biblioteca Pública de Nueva York, la Grand Central Terminal (con su imponente techo) y, al final en el lado Este, la sede las Naciones Unidas y un parquecito muy cuco, el Mary O'Connor Playground. Y en Sutton Place Park, en la confluencia de la calle 57 con el Río Este, damos con unas espléndidas vistas del puente de Queensboro, mítico por ser escenario reconocible del film de Woody Allen "Manhattan" (1979). Para entonces, ya hemos cambiado nuestra estancia al Riu Plaza New York Times Square, un excelente alojamiento de inauguración reciente a dos manzanas de Times Square y en todo el meollo de la ciudad que nos permite acometer visitas al sur de la isla.

Justo debajo del Midtown se encuentran los barrios de Union Square, Flatiron District y Grammercy. El emblemático edificio Flatiron es la referencia aquí, donde también merecen una visita los parques Madison Square (coqueto y arreglado) y Union Square (lleno de reuniones y actividades como un mercadillo). Pasamos al centro-oeste de Manhattan, hacia los barrios de Greenwich Village, Chelsea y Meatpacking District. Destaca el nuevo rascacielos Edge, que tiene un balcón mirador con una zona de suelo transparente y vistas de vértigo. A sus pies ha abierto el Little Spain a cargo del chef José Andrés, un espacio culinario donde se ofrecen diversas muestras de cocina española a modo de pequeño mercado. Fuera está la instalación artística Vessel y una zona de hamacas con pantalla gigante donde descansar viendo alguna retransmisión. Por aquí empieza también el High Line, una larga zona verde fruto de la recuperación de una antigua vía férrea elevada que ahora se ha convertido en un paseo original y muy agradable. Todas estas nuevas iniciativas, y otras, se enmarcan en un proyecto de urbanismo sostenible dentro del recuperado barrio de Hudson Yards. Pasear por el Village es recorrer la historia cultural de la ciudad, desde los literatos y músicos hasta el movimiento de liberación gay. Llegamos a la Sexta Avenida con la calle 4 para ver partidos callejeros de baloncesto de la Summer Pro-Classic League. Y descansamos en Washington Square Park tras atravesar su Stanford White Arch.

En el Lower East Side, Chinatown, Noho, Soho y Little Italy destacan los garitos de moda, las galerías de arte y la multiculturalidad de los chinos (crecientes) e italianos (menguantes). Aunque para mí la pena es que ya no existe el CBGB, el mítico sitio de conciertos punk de la calle Bowery, 315 con Bleecker St. (menos mal que estuve en 2003). Chinatown es un enorme barrio donde se da la mayor concentración de chinos fuera de su país. Se puede comprar barato en sus tiendas y comer a un precio muy asequible en sus restaurantes. Choca con la cada vez más pequeña comunidad de Little Italy, reducida a apenas una calle principal (Mulberry St.), eso sí, llena de restaurantes altamente decorados a la italiana. También sobreviven por aquí los cines independientes de películas de autor, como el Film Forum y el Angelika Center.

Al sur se sitúa el Lower Manhattan, donde se ubica el nuevo edificio One World, que sustituye a las Torres Gemelas, cuyo espacio es ahora un sentido y muy logrado homenaje a las víctimas del infame atentado. Cerca está Wall Street, el núcleo financiero y especulativo de los Estados Unidos... y del mundo. Y también en las inmediaciones está Battery Park, de donde salen los ferris hacia la Estatua de la Libertad (previamente reservado). Primero llegamos directamente a la isla de la Libertad, donde podemos estar todo el tiempo que queramos y luego teníamos una entrada extra para subir a la corona. Subimos primero en ascensor hasta el pedestal y luego, a través de una escalera metálica de caracol de 162 peldaños, hasta la propia corona, desde donde la vista no es especialmente espectacular (se ve el skyline de Brooklyn) pero sí el hecho de estar ahí arriba y mirar por las ventanitas de la cabeza. Después, el ferri hace parada en la isla de Ellis, el lugar históricamente ligado a la inmigración y donde quienes querían entrar en el país pasaban la cuarentena en barracones. Ahora hay un museo que recuerda esa historia. Finalmente, volvemos al sur de Manhattan y caminamos hacia el conocido puente de Brooklyn, que se puede atravesar andando a través de sus 1,8 km de longitud.

Más allá de Manhattan, Nueva York tiene el barrio norte de Harlem y otros cuatro distritos no tan visitados (Bronx, Queens, Brooklyn y Staten Island) pero algunos de los cuales bien merecen un paseo. En el norte está Harlem, donde un domingo nos dirigimos a la iglesia Bethel Gospel Assembly (en el 26 de la calle 120 Este) para asistir a una misa con música góspel 100% afroamericana. A partir de las 10:15 allí estuvimos (no sin antes hacer cola) y, más allá del componente religioso, disfrutamos de la buena música interpretada con una banda de batería, teclistas y trompeta, junto con potentes y angelicales voces de canto principal y coros. Luego pasan el cepillo y se puede contribuir (o no), aunque, eso sí, comulgamos con un pack de comunión que repartieron a todos los asistentes. Más arriba todavía llegamos a Washington Heights, con un claro ambiente latino, donde se ubica la Hispanic Society y su impagable colección de pinturas del maestro español Joaquín Sorolla. Y digo impagable también porque la entrada es totalmente gratuita, ¡algo inconcebible en Nueva York! Allí albergan unos cuantos cuadros emblemáticos del pintor valenciano y, sobre todo, se encuentra el motivo por el que fue contratado: entre 1913 y 1919 realizó 14 murales de tres metros y medio de alto por setenta metros de largo como homenaje a las diversas regiones de España y titulado, precisamente, "Visión de España". Una maravilla.

Ya fuera de Manhattan, al noreste está el Bronx, nombre que nos retrotrae a violencia, crímenes, narcotráfico y corrupción policial que durante años asolaron el distrito. Baste recordar la muy recomendable película "Distrito Apache" (Daniel Petrie, 1981), protagonizada por Paul Newman. Pues bien, gracias al tour Contrastes de Nueva York visitamos la comisaría y el vecindario donde se rodaron las escenas principales del filme. También contemplamos los graffitis y murales más significativos del barrio que hoy mantiene su orgullo y ha logrado reducir los índices de pobreza y criminalidad. Y pasamos por la casa donde la policía acribilló con 41 disparos al inocente inmigrante Amadou Diallo, de 23 años. Bruce Springsteen compuso en su honor la canción "American Skin (41 Shots)". En la frontera con Manhattan está el famoso estadio de béisbol de los Yankees.

En Queens, el distrito más extenso y multicultural de Nueva York, nos adentramos en la zona residencial de Malba, con impresionantes mansiones que contrastan con la humildad del resto del distrito. Cerca está Flushing Meadows Corona Park y las sedes del torneo de tenis US Open y del estadio de béisbol de los Mets (eternos rivales de los Yankees). En Brooklyn recorremos el barrio judío de Williamsburg, considerado la segunda comunidad judía ortodoxa más grande del mundo. Otro universo. Sin embargo, en el mismo Williamsburg, pero hacia el Río Este, se abre un barrio de moda con sus tiendas, sus garitos y sus bares y restaurantes modernillos. Y, llegados a DUMBO (Down Under the Manhattan Bridge Overpass), disfrutamos del mercadillo que hay los fines de semana y hacemos otra foto cinéfila clásica. Se trata de la recordada escena de "Érase una vez en América" (Sergio Leone, 1976), en la confluencia de las calles Washington y Water, con vistas al puente de Manhattan. De cine.

martes, 24 de marzo de 2015

VIAJES / Texas (y 2): Dallas, ciudad de contrastes

La antaño conocida en España por la serie televisiva y tradicional hogar de los ricachones del petróleo texano, es hoy en día una ciudad que mantiene un frágil equilibrio entre pasado y futuro, entre ser una urbe inhóspita típicamente estadounidense y convertirse en un lugar más habitable y disfrutable. En el primer capítulo nos encontramos con lo de siempre: amplias calles (prácticamente autopistas) que atravisesan el centro, dedicadas claramente al automóvil y que dejan poco espacio para la vida del peatón. Un downtown mínimamente activo durante el día, apenas en las jornadas laborables, y que por las tardes-noches queda abandonado al puñado de homeless y desheredados de un sistema que ignora totalmente a una buena parte de la población. Pasear por las calles, incluso a cualquier hora del día, no deja de causar la sensación de que uno está infringiendo alguna ley, por la soledad que se experimenta y por lo poco preparadas que están las aceras para realizar un acto tan común en Europa como es caminar por la ciudad. Curioso e impactante no encontrar plazas o parques en los que socializar, y tener que coger el coche para desplazarse a cualquier destino (siempre a cubierto, claro) por muy relativamente cercano que se encuentre. Pero, por otro lado, parece que Dallas quiere evolucionar poco a poco hacia una urbe más acogedora y estructurada. Por ejemplo, el transporte público que ofrece el tren DART permite recorrer buena parte de la ciudad, incluido el aeropuerto, por precios asequibles para el turista (5 dólares el pase ilimitado de 24 horas). Es puntual y está bien cuidado. Claro que no se ven muchos blancos. Y el uptown es una zona con mucha animación, por el día con los comercios y por la noche con los bares y restaurantes (excelente hamburguesa del 'Fat Rabbit', por cierto). Y aquí no hay nada arquetípico: no se ven a los texanos con sombrero, sino gente joven con ganas de divertirse.

Por otra parte, el centro de atracción turística de Dallas sigue siendo todo lo relativo al asesinato de John Fitzgerald Kennedy. Y, en este sentido, uno se adentra totalmente en la historia reciente del país con la visita (por 16 dólares) al Sixth Floor Museum. Se trata de la recuperación del edificio, y concretamente la sexta planta, desde donde Lee Harvey Oswald (supuestamente) mató al presidente más famoso de los Estados Unidos un 22 de noviembre de 1963. Aquí se puede conocer todo lo concerniente al político, su visita, los odios que generaba en esta ciudad tradicionalmente conservadora, su asesinato (teorías conspiratorias incluidas) y su legado. Una extensa muestra que cobra mayor relevancia por cuanto se conserva igual la zona desde la que se pudo producir el magnicidio, con las cajas colocadas, el rifle de muestra, la visión desde la ventana... Luego, abajo, en el medio de la tristemente conocida Elm Street, nos encontramos con una cruz pintada sobre el asfalto que marca el sitio exacto donde impactaron las balas. Y uno puede arriesgarse a ponerse en la marca aprovechando alguna parada del tráfico o, simplemente, recorrer la mítica zona de los alrededores de la plaza Dealey, con los setos al fondo, la posición de Zapruder y su cámara, las placas de homenaje, etc. La verdad es que, realmente, te vas con la sensación de haber experimentado muy intensamente una escena mil veces vista en cine y televisión.

Y, bueno, ¿qué sería de una visita a Estados Unidos sin ver un partido de la NBA? Hubo suerte, ya que pudimos pillar un a priori interesante partido entre los Dallas Mavericks (todavía con Nowitzki en activo) y los Memphis Grizzlies (con Marc Gasol en sus filas), el 19 de marzo a las 19:30 horas. El enorme estadio American Airlines Center (con capacidad para 19.200 personas, frente a las 12.500 que caben en el Palacio de los Deportes de Madrid) está justo al lado de la estación de DART de Victory Park, muy cerca del downtown. La entrada, comprada con tiempo por internet desde España, nos salió relativamente barata: 47,5 euros. Eso sí, hay que prepararse para todo un show que se alarga por casi tres horas. Que si los chavales del colegio cantan el himno, que si es el día del militar y homenajes por aquí, homenajes por allá, que si las cheerleaders, la banda local, el baile de los Mavs ManiAACs (unos frikis de cuidado), que si la gente levantándose todo el rato para pillar comida y bebida, que si mil interrupciones del juego... Hay que armarse de paciencia, pero moló ver el espectáculo en directo. Luego el partido fue, primero, muy fallón, y, luego, de un dominio por ratos apabullante de los Memphis. Los Dallas, ganadores de la NBA en 2011, están en clara decadencia, Nowitzki incluido, y sin nadie más. En cambio, Marc Gasol se marcó un doble doble (15 puntos y 10 rebotes) y demostró que ha crecido mucho deportivamente. Claro que, en este caso, está muy bien arropado por un sólido equipo que también incluye a Randolph, Allen, Lee, Carter, Green, Udrih, incluso Koufos. No hubo nada que hacer, al final Dallas 101, Memphis 112. Y la sensación de haber asistido a un gran show como sólo los americanos saben hacer.

sábado, 21 de marzo de 2015

VIAJES / Luisiana: La vitalidad de Nueva Orleans y los pantanos del Misisipi

Nueva Orleans emerge de entre los pantanos de Luisiana, a la orilla del enorme tramo final del río Misisipi, como una ciudad portuaria en su mejor expresión y fruto de todas sus influencias culturales: vibrante, alegre, multirracial y abierta. Y también con un centro, el Barrio Francés, lleno de bonitas casas con soportales que denotan su origen francés (y español). Pero en su historia y en sus calles se palpan tanto las raíces francesas como españolas, africanas y latinoamericanas. Sus noches eternas rebosan de jazz y de multitud de sonidos en sus incontables bares. La vida se vive con plenitud en Nueva Orleans. nada que ver con el estilo más austero y puritano que caracteriza a muchas de las ciudades norteamericanas. En ese sentido, Nueva Orleans es un oasis, al que ayudan su inmejorable situación geográfica junto al Misisipi y su clima cálido (en verano, caluoroso y húmedo, y en otoño, propenso a los huracanes, como ocurrió en 2005 con el Katrina de nefasto recuerdo).

Nos alojamos en el French Market Inn, un pequeño pero coqueto y excelente hotel (con patio interior y piscina, muy necesaria casi siempre), en el 509 de la calle Decatour, justo en el lado del río del Barrio Francés. Excelente ubicación para vivir plenamente el ambiente de esta zona, la (merecidamente) más concurrida por turistas nacionales e internacionales. A partir de ahí, todas las arterias esconden estupendos restaurantes de comida cajún (cultura procedente principalmente de los francófonos canadienses emigrados en el siglo XVIII) y bares siempre con música en directo. La principal calle, por supuesto, es Bourbon Street, siempre de bote en bote sea el día que sea. Desde luego, los habitantes de la ciudad necesitan pocas excusas para divertirse. Famosas son sus fiestas de carnaval, especialmente el Mardi Grass, pero cuando estuvimos el día de San Patricio (patrón irlandés) nos sorprendió un desfile más descacharrante que preparado, prueba de que el caso aquí es disfrutar. Se puede citar el Preservation Hall como lugar de peregrinaje de los amantes del jazz de Nueva Orleans, pero hay tantos sitios donde poder escuchar buena música... Al parecer, los más puristas reclaman la escena de la calle Frenchmen, adyacente por el norte con el Barrio Francés, donde puedes elegir cualquier local para cenar con el fondo de buenas melodías. Por el día, el simple paseo por el centro te transporta en el tiempo, desde la plaza Jackson Square con su Catedral de Sant Louis al Parque de Louis Armstrong. En este sentido, todas las calles llevan la traducción del nombre español de la época en que la ciudad formó parte de nuestro país, entre 1763 y 1801. En ese periodo destacó la figura de Bernardo de Gálvez (que tiene allí una estatua, dentro de varias aportaciones urbanísticas costeadas por España en las pasadas décadas), gobernador de la Luisiana que mantuvo a raya a los ingleses, ayudando así sobremanera a la independencia de los Estados Unidos. Otras opciones son tomar los famosos tranvías (como el de Canal Street) y recorrer fácilmente otras áreas de Nueva Orleans (desde lejos se intuye que falta todavía trabajo de reconstrucción en algunas partes), o bien cruzar el Misisipi con un ferry gratuito o, si se prefiere, pagar 70 dólares por una cena a bordo de un barco de época.

El sur del estado de Luisiana es característico por su ecosistema de pantanos. El Refugio Nacional de Vida Salvaje de Atchafalaya es un excelente ejemplo y nada menos que el mayor pantano de Estados Unidos. En el Centro de Visitantes se puede contratar un excursión de tres horas, en barca a motor, por supuesto, pues no hay quien ande por ahí. Pero si se quiere pasear, basta con acercarse el Lake Martin, cerca del peculiar pueblo de Breaux Bridge, para disfrutar de una zona de innegable belleza. Pero también Luisiana conserva diversas fincas esclavistas que mantienen vivo el infausto recuerdo de la época sudista. Una de ellas es Houmas House Plantation And Gardens (al sur del pueblo de Gonzales), con 38 acres de terreno -unas 15 hectáreas- y donde incluso de puede pasar la noche en alguna de sus 16 lujosas habitaciones. Las del palacio principal de los amos, claro, no las casetas de los esclavos. Lafayette o Lake Charles, con su gran lago en honor de nuestro Carlos III (y que tiene varios caimanes y tortugas dentro de una especie de mini-zoo a sus orillas), son otras poblaciones recomendables de gran tamaño en una zona con unos paisajes que impactan. De ahí el lema del estado: "Keep Louisiana Beautiful" o "Mantén Luisiana hermosa". Y qué decir de la comida cajún. Injustamente infravalorada a nivel mundial, tomamos excelentes platos en el restaurante Prejean's, a las afueras de Lafayette. En mi caso, una excelente tilapia (pescado de agua dulce) con carne de cangrejo y un sazonamiento propio de lo mejor del cajún.

lunes, 16 de marzo de 2015

VIAJES / Texas (1): Austin, la capital mundial de la música en directo

Dentro del carácter decididamente abierto, orgulloso y extremadamente amable de las gentes de Texas, aunque con su conocido lado oscuro en cuanto al perfil político conservador y la querencia por las armas, la ciudad de Austin (capital del Estado) destaca como un oasis cultural y de actitud progresista. Su amplia red de transporte público de autobuses (inusual en estos lares donde el coche privado domina los usos y costumbres), su centro urbano lleno de vida (cuando en la mayor parte de las ciudades estadounidenses los downtown suelen ser abandonados por la clase media para irse a vivir a las áreas residenciales de los suburbios) y, especialmente, su festival de música, cine y medios interactivos South by Southwest, que se celebra todos los años desde 1987 en estas fechas, le convierten en la vanguardia absoluta de Texas y de más allá del país. No en vano es conocida como la capital mundial de la música en directo, apelativo que se ha ganado a pulso con justicia.

El festival se vuelca totalmente con sus abonados, que tienen preferencia de pase para los numerosísimos eventos que en 2015 se desarrollan entre el 13 y el 22 de marzo. Aunque los precios no son precisamente baratos. Según el tipo de abono (badge) y la antelación con la que se adquiera, las tarifas van de 525 a 1.745 dólares. Claro que puedes comprar también una muñequera por 90 dólares. La cuestión es que el acceso a los recintos se hace por riguroso orden de preferencia: primero los Platinum Badges (acceso completo a todo), luego los de cada uno de los tres tipos de eventos (cine, música e interactivos), luego otras categorías inferiores, luego las pulseras y, finalmente, si aún queda espacio, se pueden comprar tickets individuales. En el caso de las películas, los precios individuales oscilan entre 10 y 14 dólares. En nuestro caso, tuvimos suerte. Asistimos a la proyección del documental "Bounce: How The Ball Taught The World To Play", del director Jerome Thelia, en el Marquesa Theater, justo enfrente de nuestro hotel Travelodge Austin, completamente gratis, dado que la organizaba la asociación de amigos del cine de la ciudad. Bastante interesante la peli, por cierto, una reflexión antropológica y social sobre la necesidad del ser humano de jugar y, concretamente, del uso que para ello se hace de ese objeto esférico omnipresente que es la pelota, ya sea para el fútbol europeo (soccer), americano, etc.

Por lo demás, el ambientazo en las calles estos días es total. La gente pasea y se divierte sin límites. Acuden masivamente a los bares, restaurantes y salas, pero hay tantos que no hay sensación de masificación. Aunque los espectáculos se reparten por todo el centro, la 6th Street es el meollo del festival. Aquí se puede comer en el "Bikinis", restaurante sports-bar donde las camareras van precisamente en bikini, y luego tomar copas hasta reventar en el "Coyote", donde las chicas acaban bailando provocativamente en la barra. Hay una actitud bastante desinhibida por parte de muchas chicas texanas que convierten las pelis americanas de juergas en puro neorrealismo.

Otra principal atracción de Austin es su Capitolio, el más alto de Estados Unidos (por encima del de Washington). Su visita es gratuita y permite contemplar el orgullo con el que los texanos miman sus instituciones y le dan pleno acceso a la gente. El edificio es bello, majestuoso y enorme. Dentro, los retratos de todos los gobernadores del estado (y de los presidentes en la época en que Texas fue independiente), así como las salas del Congreso y del Senado, ambas en la segunda planta. Desde fuera se puede divisar en la fachada los escudos que han ejercido soberanía histórica sobre estas tierras: España, los Borbones franceses, México, periodo independiente, la Confederación y la Unión. En este sentido, llama la atención el monumento a los muertos en la Guerra de Secesión por parte de los estados sureños, entre ellos Texas, que propugnaban mantener la esclavitud. Enfrente, un homenaje a los caídos en El Álamo, en su lucha por independizarse de México. Ya digo, orgullo de su historia y sus tradiciones, aunque algunas sean más que cuestionables.

Por lo demás, la ciudad no tiene mayores lugares de interés histórico (es un estado muy nuevo, claro), pero su vitalidad cultural y su urbanismo amigable hacen de Austin un sitio absolutamente visitable y muy recomendable. Ahora tenemos que dejar la ciudad para poner rumbo a Nueva Orleans...

jueves, 18 de agosto de 2011

VIAJES / Parque Nacional de Yellowstone (Wyoming, Estados Unidos)

Yellowstone fue el primer parque nacional del mundo al crearse en 1872, y no es de extrañar porque reúne un conjunto de maravillas vasto (9.000 km2) y rico (tanto en fauna y flora como en manifestaciones geotérmicas: posee la mayor concentración de géyseres del mundo). Para tener un más fácil acceso se ha habilitado una carretera en forma de 8 que permite recorrer sus principales atractivos, si bien existe un gran numero de sendas que posibilitan adentrarse aún más en el parque. En este último caso se recomienda encarecidamente tener mucho cuidado porque lo que se visita es un paraje natural y no un zoo, lo que implica que están viviendo en su hábitat animales salvajes tan potencialmente peligrosos como los osos y los bisontes. Pero si se opta, como hicimos nosotros, por recorrer los 235 km de carretera se tendrá una visión bastante completa de lo que nos ofrece Yellowstone. Por esta ruta nos encontraremos con cinco zonas de características variadas: Mammoth Hot Springs, Old Faithful, Canyon Village, West Thumb-Grant Village y Fishing Bridge-Lake Village-Bridge Bay.

Accedimos por la bellísima entrada este y pagamos la entrada de 25 $ por coche, que es válida para siete días, un periodo de tiempo que se aconseja aprovechar por completo para disfrutar mejor del parque (al menos cuatro o cinco días). Dentro de Yellowstone, y en cada una de sus cinco zonas, existen alojamientos gestionados por una única cadena hotelera (Xanterra) y es recomendable hacer la reserva con bastante antelación (sobre todo si se va en verano) y en diferentes áreas para ir avanzando mejor en la visita del parque. Tanto en la zona este como en otras se podrán observar lamentablemente amplias zonas de pinos quemados, debido a los incendios (casi todos ellos fortuitos, por rayos) que se han ido sucediendo en las últimas décadas y a la decisión del Gobierno de no reforestar "artificialmente", sino ir dejando que la Naturaleza se regenere a su ritmo... Aun con todo, el poder epatante de Yellowstone engancha desde el primer momento. Llegamos a las áreas Fishing Bridge-Lake Village-Bridge Bay y West Thumb-Grant Village, dominadas claramente por el lago Yellowstone, uno de los más grandes del mundo (352 km2). Ya aquí encontramos lo que será una constante en la visita, las manifestaciones geológicas: géyseres, fumarolas y aguas termales, ya que su lecho reposa en una parte de la enorme caldera que sigue activa bajo casi la mitad del parque. Aun así, en invierno se hiela y en verano el agua está fresca debido a la altitud de 2.376 m sobre el nivel del mar.

Dejando el lago, y yendo por el noreste, nos encontramos con el Mud Volcano y el Sulphur Caldron, nuevos y espléndidos ejemplos de geotermia. Después nos encontramos con el enorme y verde valle Hayden, donde nos topamos con las primeras manadas de bisontes. El parque alberga actualmente 4.000 de estos ejemplares, la mayor reserva del mundo. De cerca (se recomienda una distancia de seguridad de 20-25 metros, pues, insisto, son animales salvajes y además corren más que el hombre) son enormes y, aunque parecen mansos, enseguida se ponen a la defensiva y van hacia ti. A pesar de que tratan de estar lejos, no es difícil encontrárselos por la carretera. Máxima precaución y sigilo, y ¡a disfrutar de la experiencia! También contemplamos alces, ciervos y muflones.

En el centro-este del parque está Canyon Village, zona caracterizada por el espectacular cañón que forma el río Yellowstone y las cataratas (Upper, de 33 m de altura, y Lower, de 94 m) que produce a su paso. El punto privilegiado es Artist Point, donde se contempla la profundidad y grandeza del cañón y sus caídas de agua, así como la exuberante vegetación y los fantásticos colores formados por los distintos minerales de las rocas y paredes. Allí, un guardabosques (llamados rangers, siempre encantados de atenderte) da una charla de unos 20 minutos a horas fijas sobre el origen histórico y natural de la zona y del parque en general. Casi todos los accesos a los puntos panorámicos exigen caminatas fáciles o de media dificultad y con recorridos entre cortos y medios. Nada que impida el disfrute con niños, por ejemplo. De hecho, las familias son los turistas más abundantes aquí, así como claramente los de origen estadounidense. Luego se ven muchos orientales y europeos, principalmente franceses e italianos, algún alemán, algún español...

Continuando hacia el norte por el lado este llegamos a Tower Fall, una buena cascada de 40 m, ya situada en el área Tower-Roosevelt, de relativa menor importancia. El Petrified Tree es prescindible y, tras ver algunos interesantes lagos giramos hacia el oeste y nos adentramos en tierras de lobos y osos. Desgraciadamente no pudimos ver ninguno de estos animales, es bastante complicado dada su forma de vida. Estuvimos muy cerca de ver un par de osos, según nos comentaron unos turistas que se habían parado y que decían haber visto dos ejemplares un par de minutos antes. Lástima. Así llegamos a Mammoth Hot Springs, que contiene una de las joyas del parque: las terrazas, pequeñas cataratas de agua caliente del subsuelo, formadas por la acción geotérmica y con múltiples y vistosos colores debido a la acción de los microorganismos. El agua sale a unos 70 grados (metí el dedo, doy fe), aunque hay balsas de agua más templada donde, hasta principios del siglo pasado la gente iba a bañarse. Actualmente está prohibido no sólo el baño, sino andar por los alrededores por peligro de derrumbe del suelo. Por ello existen plataformas de madera construidas por recorrerlas de forma segura.

Más hacia el sur, por la parte oeste, nos encontramos con nuevas manadas de bisontes y otros animales, pasamos por los bellos lagos Twin (gemelos), así como por dos zonas interesantes de géyseres: Norris Geyser Basin y Steamboat Geyser. El Artists Paintpots es una formación de burbujeante barro blanco (a modo de pintura) pero se verá otra mejor en Loewer Geyser Basin, por lo que se puede saltar. Y llegando al río Gibbons pronto descubrimos varias áreas recreativas en las que uno se puede dar un baño. No lo dudamos un instante. El agua está perfecta, el frescor de la altitud es templado por el agua termal que brota por tantas partes. Y continuando por el suroeste llegamos a la zona de Old Faithful, donde se encuentra el más famoso géyser del mismo nombre.

Pero antes nos encontramos con tres puntos ineludibles: Lower Geyser Basin, Midway Geyser Basin y Upper Geyser Basin. Estas zonas concentran algunas de las mejores formaciones geotérmicas y, en concreto, el Midway Geyser Basin acoge el famoso Grand Prismatic Spring, el multicolor lago de agua termal. Un espectáculo. Y hablando de espectáculo, el géyser Old Faithful es el único cuyas erupciones son regulares y están, por tanto, previstas. En concreto, cada hora y media (aproximadamente) lanza chorros de agua de hasta 50 metros. En nuestro caso, pudimos ver saltar el agua y el vapor hasta los 20-25 metros durante unos 5-10 minutos.

Y con esto dejamos ya Yellowstone, grabados en nuestras retinas tantos bellos paisajes, bosques, animales, lagos, ríos, cascadas y géyseres... Salimos por el sur y vamos en dirección al Grand Teton Park (cuya visita se incluye en el precio de la entrada a Yellowstone). Siendo bastante más pequeño (1.255 km2), su principal interés radica en que contiene algunas de las montañas más altas de la zona, con el pico Grand Teton (4.197 m) como techo, frente a los 3.462 metros del pico Eagle, en Yellowstone. Más al sur, saliendo del Grand Teton, está la turística localidad de Jackson (en el valle Jackson Hole), donde pasaremos la última noche antes de regresar a casa. Jackson es un típico pueblo del oeste, pero su situación a los pies del Grand Teton le convierte además en un paraíso de los deportes de nieve en invierno y de montaña en general en verano. Ubicado entre montes, es una delicia pasear por sus calles o disfrutar del mercadillo callejero de productos tradicionales. Es la despedida ideal para este viaje por el medio oeste y oeste de Estados Unidos. Han sido dos semanas, cinco días en Chicago y nueve recorriendo 2.200 millas (3.500 kilómetros) por seis estados, conociendo sitios y gente especiales, la mayor parte muy agradable, y culminando con la plenitud de la naturaleza que es Yellowstone. Entre los múltiples recuerdos me traigo una armónica. Espero poder aprender a tocarla bien para mantener vivo el recuerdo de estas tierras.

viernes, 12 de agosto de 2011

VIAJES / Oeste de Estados Unidos: Wyoming y hacia Yellowstone

Llegar al estado de Wyoming es adentrarse ya completamente en el Oeste norteamericano. Los pueblos, pequeños y desperdigados (algunos, como Emblem y Aladdin, con 10 y 15 habitantes, respectivamente), están formados a lo largo de una calle principal con sus saloons, bares y tiendas construidas con porches de madera. La gente, de actitud tranquila y lacónica, empieza a hablar de una manera más difícil de entender, muy nasal (más todavía) y llena de jerga local (empezando por ese inefable "howdy!" para saludar). Y el territorio combina fascinantes y gloriosas reservas naturales con millas y millas de terreno baldío en el que puedes imaginarte perfectamente a los cowboys de las películas del oeste cabalgando de (implacable) sol a sol. En concreto, es muy recomendable el acceso al estado por la carretera 24 del noreste, que se adentra en la parte de las Black Hills perteneciente a Wyoming, que forman una espléndidas, verdes y redondeadas colinas llenas de vida vegetal y animal (no tanto humana).

Además, es el mejor camino para llegar a la Devil's Tower, una impresionante formación rocosa que mucha gente recordará del filme "Encuentros en la Tercera Fase", de Steven Spielberg. Pues en directo es mucho más grande e impactante de lo que yo mismo me imaginaba. En realidad, no es necesario entrar al recinto (5 $ las motos, 12 $ los coches), ya que se contempla y disfruta incluso mejor desde la cierta distancia del área de información, restauración y ocio.

Volvemos a retomar la I-90, ahora por última vez antes de dejarla, hasta llegar a Buffalo. Este pueblo vuelve a ser una nueva muestra del oeste americano y tiene un aliciente histórico adicional. Fue testigo de las andanzas de los famosos bandidos Butch Cassidy y Sundance Kid (interpretados por Robert Redford y Paul Newman en la mítica "Dos hombres y un destino", de George Roy Hill, así como por Sam Shepard como un Cassidy mayor en la reciente "Blackthorn"). En concreto, se alojaron en el hotel Occidental, que sigue funcionando, ofreciendo una ambientación propia de finales del siglo XIX. Pero no fue ahí donde nos alojamos, era realmente caro. Intentamos, eso sí, cenar en su restaurante, The Virginian, pero al parecer si no se reserva con antelación la alta demanda lo convierte en misión imposible. Así fue. Una pena, tenían en la carta lo que parecía una estupenda carne de búfalo (bisonte, vaya).

Después tomamos la carretera 16, camino de Cody, para poder disfrutar mejor de las vistas que nos ofrece el Bosque Nacional de Bighorn, con sus enormes elevaciones (el pico Cloud alcanza los 4.013 metros) y sus gargantas de vértigo. La otra opción es ir por el norte de esta zona, a través de la carretera 14, pero nos recomendaron las mejores panorámicas de la vía sur. Luego enlazamos precisamente con la 14 para llegar a Cody, el pueblo que fundó William Frederick Cody, más conocido como "Buffalo" Bill, soldado, cazador y hombre de espectáculos del oeste. Es la última parada antes de dirigirnos al Parque Nacional de Yellowstone, nuestro objetivo final y deseado de este viaje. De hecho, la parte de la carretera 14 que va de Cody a la entrada este del parque fue calificada por el presidente estadounidense Theodore Roosevelt como las 50 millas más escénicas de todo el país. Y tenía razón, porque es un no parar de adentrarse por hermosos valles llenos de pinos y de contemplar ríos y lagos como el Wapiti, atravesando el Bosque Nacional Shoshone. Justo llegamos a nuestro alojamiento, una cabaña en Pahaska Tepee, a apenas unos cientos de metros de la entrada Este de Yellowstone. Nos dan los primeros avisos sobre el peligro de los osos: no dejar comida ni basura fuera, hacer ruido para hacernos notar y que no se acerquen, etc. Tenemos lo fundamental para estar cómodos: cuarto de baño y ducha, luz y camas con mantas, pero no hay televisor, ni internet (bueno, sólo en la cabaña de desayunos) y nuestros móviles están totalmente fuera de cobertura. Hemos dejado la civilización y nos adentramos en lo salvaje. Estamos a tiro de piedra de una de las grandes maravillas naturales de los Estados Unidos y del mundo.

miércoles, 10 de agosto de 2011

VIAJES / Medio Oeste de Estados Unidos: Dakota del Sur

Nuevamente en la I-90, nos adentramos en Dakota del Sur, un estado a medio camino entre las praderas del Medio Oeste y las grandes llanuras del pleno Oeste, aunque siempre conservando un espectacular verdor multitonal (como Minesota, Wisconsin, Iowa e Illinois) y una variedad de paisajes que nos ha deparado grandes (y principalmente agradables) sorpresas. Al poco de entrar, nos puede la nostalgia y nos dirigimos cerca de la localidad de De Smet (por el misionero belga Pierre-Jean De Smet, del mismo modo que la capital del estado se llama Pierre en su honor), concretamente a la casa familiar de Laura Ingalls, la escritora de los libros en los que basó la serie "La Casa de la Pradera", de Michael Landon. Quizá se trata de una excusa para perdernos aún más en medio de ninguna parte, que es donde se enclava ese lugar, un sitio donde en una tienda te preguntan (eso sí, con la mayor amabilidad) si quieres una bolsa como "do ya guys want a sack?" en lugar del convencional "would you like a bag?" Encantador. De vuelta a la carretera principal, en Mitchel hacemos un alto para comprobar que, efectivamente como dice nuestra guía, existe el Corn Palace, un imponente complejo de restauración-comercio-auditorio (tiene hasta cancha de baloncesto), que data de 1892 y cuya fachada está enteramente decorada con mazorcas de maíz formando sorprendentes dibujos y diseños. Es una de esas americanadas que hay que contemplar con tus propios ojos.

Siguiendo adelante nos topamos con el segundo susto del viaje (el primero fue casi no conseguir coche de alquiler en Chicago), esta vez en forma de fuerza de los elementos: tras días de (fuerte) calor y cielo despejado desde que pisamos Estados Unidos, repentinamente nos cayó encima conduciendo la mayor tormenta de la que he sido testigo/víctima, tan fuerte que, no viendo más allá de mis narices, tuvimos que parar en el arcén esperando a que pasara, lo cual ocurrió como media hora después. Desde entonces, se han ido combinando los momentos de sol con los de lluvia (mucho más suave, afortunadamente). Esa noche nos alojamos en Wall, un pueblo típico del Oeste, con su saloon, bares, restaurantes y tiendas en forma de tablados de madera, la más famosa de las cuales es la Wall Drug Store (nada que ver con la droga, claro, y que cuenta con docenas de carteles publicitarios a lo largo de cientos de kilómetros en la I-90), una macro-tienda donde puedes comprar cualquier cosa, absolutamente cualquiera.

Pero lo importante de Wall es que está a tiro de piedra de las Badlands, nuestro primer parque nacional. Impresionante. Ese conjunto de enormes formaciones rocosas multicolores que se levantan en medio de la verde pradera sorprende sin duda. El recorrido principal discurre a lo largo de la carretera 240 y puede hacerse en una o dos horas, depende de lo pasmado que te quedes con lo que ves. También aquí tenemos el primer encuentro con la fauna autóctona: los perritos de la pradera, una especie de ardillas enormes, muy simpáticas ellas, que viven haciendo túneles bajo tierra y son consideradas una plaga a controlar por las autoridades. Más adelante llegamos a Rapid City, ciudad de acceso a las Black Hills, otro parque nacional, una especie de maravillosa pequeña Suiza que emerge en plena llanura.

Al sur se encuentran, además, dos emblemáticos monumentos: las caras de los presidentes en el monte Rushmore y la efigie de Caballo Loco en la montaña Thunderhead. El primero, sobradamente conocido y que siempre me remite a la escena final de "Con la muerte en los talones", de Alfred Hitchcock, sorprende más en directo de lo que uno se puede imaginar. Es realmente enorme y está realizado (por Gutzon Borglum, entre 1927 y el 31 de octubre de 1941) con soberbia maestría, más aún cuando, en el centro de visitantes, te detallan cómo se llevó a cabo. Además, es una oportunidad de conocer más a fondo las figuras de los cuatro políticos: George Washington (primer presidente y militar que logró la independencia estadounidense de Inglaterra), Thomas Jefferson (un hombre renacentista, padre intelectual de la declaración de independencia, en cuyos avanzados principios se basó la Revolución Francesa), Abraham Lincoln (ya sabéis, que prohibió la esclavitud, lo que provocó la Guerra Civil con el Sur) y Theodore Roosevelt (que combinó ideas sociales avanzadas con una política exterior origen del Imperio Americano). Su entrada es gratis pero el aparcamiento son 11 $ por coche (valido por todo el resto del año, eso sí), ya sabéis, hay que cobrar por la vía que sea.

Unas millas más al sur se encuentra la que podría ser la cara oscura del monte Rushmore, la representada por los indios masacrados por los estadounidenses en la figura, que todavía se está esculpiendo, del jefe Crazy Horse. Aquí la entrada, sin excusas, es de 20 $ por coche, pero vale la pena sólo por ayudar a financiar una obra que ha rechazado desde siempre la ayuda de la administración para convertirse de forma independiete en un motivo de orgullo indio. Contendrá tanto la gigantesca escultura sobre la montaña Thunderhead de Caballo Loco (en la foto, la maqueta en primer plano), que, iniciada por Korczak Ziółkowski en 1948 -y continuada por sus hijos-, tendrá 195 metros de anchura y 170 de altura (por 18 metros de altura de las caras de los presidentes), como un campus universitario y centros de interpretación de todas las culturas indias, no sólo de la sioux oglala lakota a la que pertenecía Crazy Horse. Por cierto, dentro del memorial tuvimos la oportunidad de hablar un rato con el bisnieto del propio Caballo Loco, abordado por él cuando pensó que yo llevaba una camiseta con letras francesas (no era exactamente así), dado que él habla francés, supongo que porque, por tradición, su pueblo prefería comunicarse con los respetuosos comerciantes galos de los siglos XVII y XVIII que con los agresivos y expansionistas estadounidenses del siglo XIX. La historia de Crazy Horse ya la sabemos: venció al codicioso Custer (que rompió el tratado de paz tras encontrar oro en las Black Hills, montañas sagradas de los indios) en la batalla de Little Bighorn (1876) pero fue asesinado por la espalda de un bayonetazo por un soldado tras ser detenido (1877).

Y la gran sorpresa natural de las Black Hills la encontramos en el parque Custer (que no es nacional no por falta de merecimiento, sino simplemente porque fue declarado antes estatal), al que se accede por 15 $ por coche, entrada válida por una semana. Esta hermosa zona de 287 km2 sirve de hogar a, entre otros animales como alces, venados diversos, perritos de la pradera y burros pedigüeños -sí, se acercan a los coches a por comida-, una manada de unos 1.500 bisontes (que aquí muchos equivocadamente llaman búfalos). Ya saliendo del parque se nos cruzó uno en la estrecha carretera, así que estuvimos a apenas un metro de ese enorme ejemplar. Una experiencia inolvidable.

Tras alojarnos en el pueblo de Custer, concretamente en el Bavarian Inn, un motel de estilo europeo sólo porque ofrece un desayuno continental (¡por fin!), salimos a la mañana siguiente para tener el tercer susto del viaje. Unas sirenas empiezan a sonar, luces de colores rojo y azul se asoman por el retrovisor... Un coche-patrulla me da el alto. Un policía alto, rubio, gordo y con bigotón se me acerca (pero no se asoma por la ventanilla como en España, sino que aquí por precaución ante posibles disparos se quedan un poco atrás) y me pide la identificación. Al ver mis documentos españoles dice algo así como que qué carajo es eso, le explico que somos turistas españoles y me dice que iba a más velocidad de la permitida (36 mph sobre 25 mph) y que si había alguna razón por mi parte para ello. Le respondo que acababa de arrancar y que no me había dado cuenta y entonces me empieza a decir "then you'll have to pay..." ("entonces tendrás que pagar...") y me espero lo peor. Termina la frase: "then you'll have to pay attention" ("entonces tendrás que poner más atención"). Le digo que sí, que lo haré y me devuelve los documentos sin haberlos entendido. Todo resuelto y listos para tomar de sur a norte la carretera 385 que atraviesa las fascinantes Black Hills, plagadas de moteros (mayormente de Harley Davidson), que durante estos días se reúnen en Sturgis (¡por 71 años consecutivos!) en cifras que rondan las 100.000 personas. Aunque acaba cansando su omnipresencia, son majos y, tras su apariencia macarra con tatuajes, barrigas cerveceras y trajes de cuero, late un espíritu naíf que les lleva a disfrutar de los parajes más bonitos y a pedirte que les hagas fotos de recuerdo de pandilla. Además, podrán disfrutar en Deadwood de conciertos encabezados por Lynyrd Skynyrd (el día 10 de agosto) y John Fogerty (palabras mayores, el 11). Hacia el norte, al término de estas montañas, y dejados atrás los pueblos de antiguos buscadores de oro de -precisamente- Deadwood y Lead, decimos adiós a este variado y sorprendente estado que es Dakota del Sur.

domingo, 7 de agosto de 2011

VIAJES / Medio Oeste de Estados Unidos: Misisipi y Mineápolis

La magnitud del territorio de los Estados Unidos, la vasta y magnífica naturaleza que acoge, cobra sentido en algunos lugares concretos. El río Misisipi es uno de los principales. Antes habíamos dejado Chicago con nuestro flamante Toyota Corolla de alquiler (por favor, evitad contratiempos reservando el vehículo con tiempo, por internet preferiblemente), a un precio de unos 110 $/día (esperábamos una tarifa mejor pero, en fin, cosas de hacer ciertos trámites a última hora), combustible aparte, claro, a unos 3,7 $/galón (el galón son unos 5 litros), o sea que la gasolina es mucho más barata que en España. Tomamos la I-90 o Interestatal 90 (la autovía de este tipo más larga de Estados Unidos, con casi 5.000 km, enlazando Boston y Seattle) en dirección hacia el oeste y será la carretera que usemos la mayor parte del tiempo. Sin embargo, algunas veces nos separaremos de ella para poder conocer sitios que valgan la pena. Atravesamos el norte del estado de Illinois, completamente repleto de colinas verdes, hasta llegar a Galena, una pequeña población cuna de Ulysses S. Grant, 18º presidente de Estados Unidos y general en la Guerra Civil que logró la rendición del sudista Robert E. Lee. Se puede visitar su casa y hay una estatua en el parque que lleva su nombre. Pero Galena es, ante todo, una muy agradable villa (de nula vida nocturna) con una estupenda Main Street en la que disfrutar de un comercio local con sabor a mediados del siglo XIX, cuando la población era centro del tráfico generado por el río Misisipi, gracias a su afluente, el Galena. En todo caso, en este pueblo he tomado mi primer desayuno sano de este viaje: una French Toast Combination que llevaba pan con pasas y fresas y plátano por encima, sin más, ni salsas añadidas ni ¡¡huevo!! Además, en una añeja librería, aconsejado por el dueño, he comprado "Midwest At Noon", de Graham Hutton (británico por cierto), editado en 1946 y que promete ser un certero relato de la creación del medio oeste americano.

Un poco más al noroeste accedemos a Dubuque (en Iowa), donde contemplamos en toda su grandeza el río Misisipi, ese que tiene una longitud de 3.770 km y ha sido testigo de lo mejor de la vida económica y cultural de este país. Después nos adentramos por el cercano estado de Wisconsin hasta Prairie du Chien (se nota el origen francés en la zona, cuando los tramperos galos ya convivían y comerciaban con los indios en los siglos XVII y XVIII). Pero, atravesando nuevamente el río, daremos con las mejores vistas, a las afueras de McGregor (Iowa), en el denominado Pike's Peak (el Pico de Pike, por Zebulon Pike, militar que cartografió buena parte de la Luisiana tras ser comprada por Estados Unidos, en 1803). Este área no es sólo un espléndido parque forestal (plagado de colibríes, que nunca antes había visto) sino un excelente mirador de esa zona del gran río en el que desemboca el Wisconsin, uno de sus afluentes. Después, seguimos remontando el Misisipi, pasando de una orilla a otra entre diversos pueblos de los estados de Wisconsin (La Crosse) y Minesota (Winona, Lake City -el lugar donde se inventó el ski acuático en 1922, según dicen ellos mismos-).

Así hasta llegar a Mineápolis. Bueno, de hecho, la primera escala era su ciudad gemela (y capital de Minesota) Saint Paul, una ciudad tranquila bañada, como su hermana, por el Misisipi, que forma aquí numerosos lagos. Uno de los más importantes, ya en Mineápolis, es el Calhoun, enorme enclave en el que la gente se reúne en sus playitas para tomar el sol, bañarse, salir a remar, correr por la orilla, etc. El centro de Mineápolis, dominado por la Nicolette Mall, está repleta de actividad, pubs, terrazas, teatros, con un aire bohemio y relajado. Al sur está el uptown (aunque parezca una contradicción), una zona más residencial pero también comercial y con un mercadillo de arte local que abre los sábados frente a la gran tienda de Apple. Contradicciones maravillosas. Por cierto, tienen el iPhone 4 a 299 $ (unos 210 €), estoy por pillármelo... Cerca del centro (downtown) se encuentra una de las tiendas de música más interesantes que he conocido, The Electric Fetus (abierta en 1968), con miles de discos (CDs y vinilos), libros, camisetas, posters y complementos musicales a discreción. Un poco al noreste, alrededor de la universidad, se despliega el barrio más modernillo de Dinkytown. Minesota parece un refrescante oasis cultural dentro de un medio oeste lleno de gente muy abierta y acogedora pero de perfil artístico tirando a rural y tradicional; de hecho, es cuna de bandas de música de calidad como Hüsker Dü, The Replacements o The Jayhawks (y, sí, bueno, Bob Dylan y Prince).

viernes, 5 de agosto de 2011

VIAJES / Medio Oeste de Estados Unidos: Chicago (y III)

Y llegamos al fin de esta primera etapa de nuestro viaje por el Medio Oeste estadounidense con la despedida de Chicago. El alternativo barrio de Wrigleyville, el animado centro turístico y comercial del Navy Pier y la exclusiva zona de ocio de Golden Coast han sido nuestras últimas visitas en la Ciudad del Viento, que nos ha dado un respiro con una temperatura más suave con respecto a los asfixiantes primeros días. Del norteño barrio de Wrigleyfield se puede decir que vive en la contradicción de acoger tanto a los modernillos de la ciudad, que tienen a su disposición multitud de tiendas de discos, comics, camisetas, ropa de su estilo, etc., como a los aficionados de los Cubs, el equipo de béisbol de Chicago (ahora, por cierto, en plena temporada, retransmiten a todas horas esos partidos largos, tediosos y de inextricables reglas), dado que aquí se sitúa el enorme estadio, denominado Wrigley Field e inaugurado en 1916, por lo que existe una gran variedad de pubs deportivos donde echarse unas buenas cervezotas y comer buenos steaks. Leo, por cierto, en una guía, que muchas de las azoteas de edificios cercanos al campo se alquilan para ver las competiciones y conciertos que se celebran en el recinto, por precios que pueden llegar a superar los de las entradas oficiales, ya que te ofrecen comida y bebida. Los americanos están siempre con el negocio en la cabeza...

El Navy Pier, a los pies del lago Michigan, es una enorme zona de ocio, tanto cubierta como al aire libre, llena de atracciones de feria, restaurantes, tiendas y paseos en barcos de todo tipo. Así que la disfrutamos tomando unas cervezas en el pub de Harry Caray (1914-1998), un supuestamente conocido locutor de béisbol, repleto de famosos que se han pasado a hacerse una foto junto a su busto, incluido el presidente Obama. Y, después, nos decidimos a hacer un recorrido en barco por el río Chicago que pasa entre los rascacielos de la ciudad, para tener una perspectiva diferente. Hay varias opciones de tickets, hasta los más de 50 $ que se pueden pagar por una embarcación enorme con cena y baile incluido, pero nosotros optamos por los 7 $ del water-taxi, que acoge una treintena de pasajeros y te lleva por el río desde el propio Navy Pier (zona oeste) hasta la torre Sears (este del Loop), un viaje de 30 minutos, sólo de ida, con una parada, y que da la sensación de que es utilizado por algún que otro chicagüense para desplazarse sin atascos por el centro de la ciudad. No es nada mala opción, la verdad.

Y nuestra despedida por todo lo alto fue en Golden Coast, la zona del norte entre Near North y Wrigleyville, cercana a la exclusiva Magnificent Mile, que acoge restaurantes y bares de alto nivel, aunque de esa manera informal y poco ostentosa que tienen los estadounidense de mostrar su (alto) poder adquisitivos. Cenamos en Carmine's, un italiano excelente, con una pasta deliciosa y unos mejillones al vapor con salsa de ajo absolutamente exquisitos. ¿El precio? Con entrantes compartidos, dos botellas de vino (el más barato, un Chianti de 30 $) y plato principal la cosa se puso en 55 $ por cabeza. Propina del 15% aparte, claro. La cuestión de las propinas daría en sí misma para toda una diserción. Baste decir que, como decía el señor Rosa en "Reservoir Dogs", no creo en las propinas, si tienen que ganarse un sueldo digno que se lo pague su jefe y, si acaso el servicio es excepcional, que haya libertad para dejarle lo que cada uno estime oportuno, pero eso de obligar a pagar entre el 15% y el 20% parece más un atraco a mano armada. Pero, por otro lado, al depender de las propinas, hay que reconocer que la atención de los camareros (en todos los sitios donde hemos estado) es excelente, siempre solícitos por si necesitas algo más, por si todo está bien, etc. Bueno, el caso es que estamos pagando religiosamente. Aunque, ¿por qué a unos se les deja propina y a otros no, los burguer, por ejemplo? En fin, daría para un debate largo. La zona de Golden Coast se completa, lógicamente, con una serie de pubs y clubs donde los ejecutivos de pasta la siguen gastando en sitios con copas a 10-12 $ (unos 6 $ es la media de la ciudad). En fin, adiós, Chicago, recogemos los bártulos, despedimos al amigo Jesus, que vuelve a la España de la (surrealista y artificial) crisis del diferencial con el bono alemán y de las (comprensibles y necesarias) protestas de los indignados del 15-M, y ponemos rumbo hacia el oeste... Go west!

miércoles, 3 de agosto de 2011

VIAJES / Medio Oeste de Estados Unidos: Chicago (II)

El debate de la ampliación del techo de la deuda en Estados Unidos, y que se resolvió inicialmente ayer martes, ha sido central durante los primeros días que llevamos en este país. Muchas televisiones han emitido constantemente informativos y debates sobre el tema, y en la calle también se ha percibido la preocupación por una crisis que, más allá de su perfil económico, también tiene un carácter político y social. El radicalismo de la facción Tea Party dentro del partido Republicano ha sido la responsable de haber estado a punto de paralizar las instituciones y llevar a Estados Unidos a la suspensión de pagos. Y Obama ha tenido que hacer grandes concesiones para alcanzar un acuerdo que reduce mucho el gasto social. No es lo que quería, ha confesado el propio presidente, pero es el único consenso que se ha podido alcanzar. Por medio, el descrédito de la clase política: una encuesta de CNN (muy beligerante contra el Tea Party y su obstruccionismo) mostraba que el 84% de los ciudadanos están decepcionados con sus políticos. Parece que el sentimiento del 15-M español se empieza a universalizar.

Volviendo a los detalles de nuestra visita a Chicago, los dos últimos días los hemos dedicado a visitar las principales museos de la ciudad: básicamente el Field Museum Of Natural History y el Art Institute Of Chicago. El primero es un amplio y detallado recorrido por la historia natural del planeta, sus animales, plantas y seres humanos. Data de 1893 y contiene más de 20 millones de objetos. Es realmente recomendable todo su conjunto, pero es excepcional su muestra sobre la evolución del planeta y los fósiles de dinosaurios (la famosa T-Rex llamada "Sue", la más grande de su especie conservada, que nos recibe en el hall). También son muy interesantes las exposiciones de mamíferos (y sus hábitats) de Asia y África, además de su sección sobre el Antiguo Egipto. Al acceder te ofrecen un All Access Pass de 29 $ que te permite entrar a las exposiciones temporales (actualmente, sobre ballenas y caballos), pero cogimos la entrada básica de 15 $, que es más que suficiente para tres o cuatro horas de disfrute.

Por su parte, el Art Institute (18 $) fue una muy, muy agradable sorpresa: he descubierto uno de mis museos pictóricos favoritos. Sin duda ha contribuido a ello la parte dedicada al impresionismo, mi estilo preferido, con amplias muestras de Monet (30 cuadros, incluyendo la serie de seis "Paisaje con montones de heno"), Renoir ("Dos hermanas -la terraza-", entre otros, además de Cézanne, Toulouse-Lautrec, Seurat, Caillebotte o Van Gogh. Del siglo XX, destaca el cuadro "Noctámbulos", de Edward Hopper, todo un icono de la cultura norteamericana, así como "American Gothic", de Grant Wood. Asimismo, dispone de varios Picasso y Dalí. Me atrajo también la sala dedicada al arte estadounidense del siglo XIX. Y, de épocas previas, se pueden contemplar varias obras de Goya, Zurbarán y El Greco, de maestros italianos como Botticelli y Caravaggio, y holandeses como Rembrandt y Janssens. A la salida del Art Institute, en el Millennium Park, además de un inmenso parque (aunque con escasez de arbolado, que sería apreciable en verano), nos topamos con la famosa "The Bean", la escultura con forma de judía gigante hecha con espejo, en la que te puedes ver reflejado junto con el skyline de la ciudad. Una curiosidad que atrae a mogollón de turistas que se dejan (nos dejamos) la memoria de las cámaras y móviles en hacer fotos. Vale, no hay mucha sombra, pero se han construido dos torres que sueltan refrescante agua en cascada, que hacen la delicia de grandes y pequeños y que se agradece en estos calurosísimos días de Chicago.

Más allá de los museos, la ciudad sigue manteniendo la merecida fama de lugar del blues. Así lo pudimos comprobar en el Buddy Guy's, un local donde puedes cenar (no excesivamente caro) viendo actuaciones de magníficos y desconocidos artistas. A las 21 h. conseguimos una mesa junto al escenario y a las 21,30 h. comenzaron a rondar toda una serie de bandas formadas por artistas que eran llamados por el micrófono. Todos venidos de distintos estados, todos excelentes músicos: desde viejos guitarristas de blues, hasta jóvenes talentos de la armónica o enormes negras de impresionante vozarrón soul. Una de éstas, de especial fuerte carácter, deparó una desternillante historia con un espectador hindú borracho, digna de la película "El Guateque". ¡Por no hablar de la gloriosa canción que se marcó el propio Buddy Guy en persona!

lunes, 1 de agosto de 2011

VIAJES / Medio Oeste de Estados Unidos: Chicago (I)

El viaje en avión de Madrid a Chicago supone una inevitable pesadez, que se alivia al echar para atrás el reloj siete horas al llegar, con lo que ves que te queda todo el día por delante (la magia del cambio horario). Con Air France, mediante el correspondiente transbordo en París, el trayecto se eleva a 12 horas hasta el destino: el hotel Howard Johnson's Inn, calle Lasalle (el explorador, precisamente francés, que descubrió el área de lo que luego sería Chicago) en la zona noble de Near North, cerca de la Magnificent Mile (zona comercial exclusiva donde las haya) pero al mismpo tiempo con un ambiente popular y activo. Desde el aeropuerto se toma el metro hasta Clark/Lake (45 minutos por la línea azul, con cabecera en la terminal 2; no os preocupéis, que aunque aterricéis en la terminal 5 hay trenes gratuitos hasta el enlace con el suburbano, que es una prolongación de la red de ferrocarriles). Conviene sacarse el 3 day pass (14 $) o 5 day pass (23 $) para moverse con soltura por la ciudad, aunque ya veréis que es muy caminable, si bien una ayuda del subway viene bien, sobre todo en verano cuando aprieta el calor.

Y es que en Chicago hace calor estos días, mucho calor, señores. La temperatura no baja en ningún momento de los 86ºF (30ºC), y llega más bien a los 92-93ºF (33,3-33,8ºC), que sumado al efecto potenciador de la humedad y a que parece que aquí Lorenzo pega más fuerte, convierte la ciudad en un horno. Y lo peor es que por la noche la asfixia se mantiene. ¡Uf! Menos mal que en breve vamos a hacer buen uso de las playas disponibles a lo largo de la costa del lago Michigan. El peor momento: esa visita el sábado por la mañana al mercadillo callejero New Maxwell Street Market, en la zona sur, con un sol de justicia no, lo siguiente. Y unos pobres músicos amenizando con buen blues el evento sin un mínimo techado. Sobrevivimos gracias a un granizado de frutas en uno de los puestos (la mayor parte latinos, por cierto).

En cualquier caso, el primer impacto del recién llegado es toparse con el Loop (zona centro, distrito financiero), plagado de rascacielos. Pero no unos edificios cualesquiera, sino facturados con una belleza que hipnotiza: desde los antiguos de finales del siglo XIX (el Monadnock) hasta los posteriores (Sears Tower, ahora Willis Tower), todos cumplen un criterio estético diverso y enriquecedor. Por cierto, para las mejores vistas de la ciudad, aunque la Sears es la referencia, sobre todo por sus balcones salientes totalmente trasparentes de metacrilato, que te dan una sensación de vértigo emocionante, en la planta 103 (ahorraros la hora y media de cola comprando la entrada de 17 $ con antelación), la alternativa gratuita es el Hancock Building (sólo lo que vale una cerveza en su bar con vistas de la planta 94, concretamente 7,50 €). Y, si os van los mitos, buscad el cartel que señala el inicio de la mítica Ruta 66 (que va de Chicago a Los Ángeles) en la calle Adams cerca del cruce con Michigan Avenue.

Aunque Chicago es la ciudad del blues, quisimos empezar un poco a la contra, yendo el sábado al barrio ucraniano (Ukrainian Village), una zona bohemia con garitos de música indie o similares. Sin apenas turistas, todo gente local que se sorprende A de que vengamos de tan lejos como España y B de que nos guste Chicago (sic). En fin, hay personas que no reconocen lo que tienen ante sus narices o quizá es que iban muy bebidas de Purple Band, un mejunje dulce y que se sube rápido a la cabeza. Antes, como prueba de que no nos asusta el choque intercultural, cenamos en el Ronnies' Original Chicago Steak House, un estupendo lugar en el que nos pusimos ciegos de, evidentemente, carne (chuletas y costillas) a un precio por cabeza de unos 14 $ (así sí se puede dejar la correspondiente propina del 15% que "voluntariamente" te exigen en casi todos los sitios, salvo los que ya te la incluyen en la cuenta, claro). Pero el nudo gordiano fue entender y hacerse entender en este restaurante, plagado de camareros negros con fuerte acento e incompresible slang. Nunca supe si me recomendaban unos platos o me estaban cantando hip-hop. Al final se impuso la cordura: el único dependiente latino salió en nuestra ayuda y pudimos cenar a gusto... Y tan a gusto. Al día siguiente fue el turno de probar las famosas deep dish pizzas de Gino's East: de borde bien gordo y crujiente, e ingredientes deliciosamente desbordantes, con rico tomate natural, suave y abundante queso y carne sabrosísima. El local muestra una galería de famosos invitados que dejan su firma, desde los intérpretes de los Soprano a Michael Jackson. De hecho, cualquiera puede firmar en las paredes, e incluso asientos del local... Si aún encuentras un hueco.

Por la mañana, en el café Luna, junto a nuestro hotel, dimos buena cuenta del típico desayuno americano: huevos revueltos, tostada y bacon, aderezado todo con mantequilla, sirope... Más café rellenado gentilmente a discreción. Vamos, en el top de la alimentación saludable. Entiendo por qué Chicago es la tercera ciudad con más gordos de Estados Unidos, que ya de por sí tiene el nivel medio alto. Algunos son verdaderos transatlánticos con patas, lo que no les impide bailar con su sebo a buen ritmo en un gran concierto de blues, como el que asistimos el domingo noche en el Blue Chicago (zona Near North), a cargo de Cleo Cole. ¡Vaya grupazo! ¡Todos los músicos eran impresionantes! Pero qué bajista (bajo de seis cuerdas y ritmo funky total), qué guitarrista bluesero de Gibson, qué teclista (trasunto de John Lennon), que vozarrón de la cantante... Los pelos como escarpias, no os digo más. ¡Nunca un concierto de 8 $ mereció tanto la pena!