miércoles, 16 de noviembre de 2016

POLÍTICA / ¿Quién es el populista?

Mucho se habla últimamente del populismo, en tono peyorativo, claro, y como algo propio del partido justo de enfrente, no del de uno mismo. Pero, ¿qué es el populismo? Según, la Real Academia de la Lengua Española, es la "tendencia política que pretende atraerse a las clases populares". No encuentro el tono negativo por ningún lado, porque, lógicamente, las clases populares son las mayoritarias de cada sociedad; por lo tanto, si se pretende trabajar por la mayoría esto es la esencia misma de la democracia. Claro que luego conviene analizar la aplicación práctica del concepto para darse cuenta de los riesgos que ha supuesto: desde el nazismo y el comunismo hasta Jesús Gil y Donald Trump, en el sentido de llevar a cabo políticas que lo único que pretendían era captar el voto masivo mediante medidas demagógicas para beneficio particular y de las élites. Pero, ¿acaso todas las ideas políticas no acaban siendo corrompidas en alguna medida por la realidad de su aplicación y la perversión de sus defensores? ¿Por qué más el populismo que la tecnocracia? No tiene lógica. La tendencia a repudiar de primeras el populismo sólo se puede explicar por el arcano temor a las masas incontroladas, utlizadas como marionetas por los caudillos, derivado de una concepción de la sociedad y del ser humano realmente triste y muy inexacta. A mí particularmente me genera mucho más miedo estar dirigido por "profesionales" de la política que sólo dicen "verdades" que hay que acatar y que, en última instancia, sólo favorecen a las minorías.

En cualquier caso, ni una cosa ni otra. Ningún exceso es bueno, por supuesto, sólo el de la defensa a ultranza de los valores sociales y democráticos. Pero me decanto claramente por un partido que abogue por políticas para la mayoría. Sin duda. Y sin engañar al votante con falsos "caramelos" e ideas simplistas. Esta es una mala faceta del populismo y que le resta la credibilidad que gana cuando se presenta como adversario del elitismo y la tecnocracia. Veamos algunas de las propuestas más populistas (en el peor sentido de la palabra) que se han llevado a cabo en nuestro país últimamente:

-La eterna bajada de impuestos. Bajar impuestos siempre es bueno, siempre es lo mejor y nunca hay límite, el dinero es mejor que esté en los bolsillos de la sabia gente que en los del malvado Estado. A poco que se analice esta idea se observa su absurdez. Un sistema de derechos sociales como el que tenemos no se puede mantener sin impuestos. Obviamente, no queremos que ese dinero se quede por el camino ni que se malgaste, y, sobre todo, deseamos una recaudación eficiente, que paguen todos los que tienen que pagar de forma justa.

-Los regalitos a los jubilados. Qué tentador es para el Gobierno de turno decir que siempre sube el salario a los jubilados, con el fin último de tratarlos como un granero de voto cautivo, claro.

-El miedo/odio a los inmigrantes. Durante los pasados años de crecimiento, muchos puestos de trabajo (normalmente de baja cualificación) quedaban vacantes por parte de los nacionales y fueron ocupados por inmigrantes. Entonces eran buenos. Con la crisis, cambiaron las tornas y ahora son malos. Salvo si son futbolistas, por supuesto. La miopía de esta idea es que no se da cuenta de que el futuro de una España cada vez más envejecida será traer gente de fuera. Tan inevitable como lógico, si no queremos que colapse nuestro sistema.

Pues bien, el Partido Popular de Mariano Rajoy ha puesto en práctica con profusión estas tres ideas populistas (en el peor sentido). Se hartó de decir en la campaña electoral de 2011 (y de nuevo en las de 2015 y 2016) que había que bajar los impuestos, cuando en un momento de crisis era necesario mantener los ingresos. Luego subió el IVA, claro. Y cuando se acercaban otras elecciones bajó impuestos. A quién, cómo y cuánto, poco importaba. Lo fundamental era regalar los oídos a los votantes. ¿Que se descuadraban las cuentas? Ya nos haremos los remolones ante la Unión Europea cuando nos elijan...

Todos recordamos cómo Rajoy criticaba ferozmente que Zapatero congelara (sólo un año) las pensiones (después de haberlas subido más que nadie en los años anteriores). Ahora, Rajoy se jacta de subirlas siempre, eso sí, unas miserables decimillas. Y si luego no hay dinero, se tira de ese fondo tan majo de las pensiones que dejó Zapatero con 66.815 millones de euros y me lo pulo en cinco años dejándolo en 25.176 millones en 2016 (en 2017 ya se habrá agotado). ¡Eso es ser un gran gestor, claro que sí!

¿Que hay mucho paro y no quiero que me echen a mí las culpas? Pues se las echo a los inmigrantes, hombre, que nos quitan el trabajo de los es-pa-ño-les. Ese trabajo de tanta calidad, donde el empleado (merced a esa gran reforma laboral de Rajoy) es un mero muñeco en manos del empresario (ese empresariado cuyos representantes están pasando por la cárcel, no sé si sabéis...). Así que va Rajoy y quita el derecho de atención sanitaria a un millón de inmigrantes. Y refuerza las vallas de Melilla con cuchillas. Fácil y barato. Y ganas votos que es una pasada... Lo mismo que con el terrorismo. Cuando desgraciadamente ETA estaba activa, ¿el Partido Popular en la oposición le tendía la mano lealmente al Gobierno del PSOE? No, chico, no, lo utlizaba como arma arrojadiza... Puro electoralismo populista.

Luego, ¿quién es el (mal) populista aquí? Así que cuando Donald Trump habla a algunos que se sienten culpables les parece que suena a Podemos, pero en realidad es un calco muy aproximado del Partido Popular. ¡Lo tenemos aquí mismo! Y ya sabemos el resultado final de sus políticas: corrupción y desigualdad social.

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