domingo, 9 de mayo de 2021

LIBROS / "La sonrisa de Mandela" (2013), de John Carlin


Si hay un personaje que me parece absolutamente fascinante de la historia de la humanidad ese es Nelson Mandela, un ejemplo a la contra de la tendencia política que cada vez más busca la diferencia, la separación ideológica, el señalamiento y el enfrentamiento, dentro de la cobardía fácil de esconderse tras meros lemas con tal de no conocer a los otros ni concederles siquiera la calidad de personas tan respetables como nosotros mismos. Nelson Mandela fue todo lo contrario, tal como narra muy certeramente John Carlin en este libro, fruto de las múltiples entrevistas que realizó con el gran líder sudafricano y que se centra en su ascenso al poder que cambió para siempre el destino de su país. Afiliado al partido comunista, Mandela fue partidario de la violencia con el fin de derrocar al régimen fascista y racista del apartheid. No obstante, sus actividades no fueron más allá de campañas de desafío a la discriminación, repartos de pasquines y pequeños sabotajes. Pero eso para la dictadura de Sudáfrica era en sí mismo inaceptable.Así que, cuando le detuvieron en 1964 fue condenado a cadena perpetua, ante la reprobación internacional. Su suerte parecía echada.

Sin embargo, esta situación desesperada consiguió sacar lo mejor de Mandela como persona y como político. Empatizó con los blancos que regían el país, descendientes de neerlandeses, empezando por sus propios carceleros. Hasta aprendió su idioma para ganarse su atención y respeto. Es decir, aprovechó el tiempo en la cárcel para conocer mejor al "enemigo" y derrotarlo por la persuasión.Y, efectivamente, cuando llegó la oportunidad en los años 80, tras décadas de protestas mundiales, presiones de la ONU y de muchos países, quien salió de la cárcel el 11 de febrero de 1990, tras más de 27 años encarcelado y con 71 años de edad fue un inmenso líder que supo unificar su país por encima de razas y credos. No fue tarea fácil, por supuesto. Hubo de convencer al régimen del apartheid de que se autodisolviera cediendo a unas elecciones libres en las que cada persona (blanca o negra) fuera un voto. Y la mayoría negra era aplastante, claro. Al tiempo, tranquilizó al poder blanco de que no habría represalias, en tanto luchaba por atraerse al que resultó ser el bando más difícil: los terroristas zulúes de Buthelezi, tan anticomunista como el propio apartheid. Por otro lado, Mandela tuvo también que moderar a sus propios seguidores, muchos partidarios de la venganza frente a los racistas, sobre todo tras el asesinato de Chris Hani. Un equilibrio, en fin, dificilísimo, del que salió afortunadamente claro triunfador cuando arrasó con un 64% en las elecciones democráticas de 1994. Desmontó el apartheid y reconcilió a todo su pueblo. Nunca un Premio Nobel de la Paz, que había recibido en 1993, fue tan merecido. Sin embargo, desgraciadamente, nunca pudo rehacer del todo su vida personal ni, evidentemente, recuperar sus años de vida perdidos.

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