
El reciente escándalo desatado en Alemania (y, atención, con implicaciones en España), por el que se calcula que unos 1.000 ricachones germanos habrían evadido 4.000 millones de euros del fisco (es decir, de todos) a través de ese paraíso financiero que es el Principado de Liechtenstein, tiene importantes implicaciones económicas, sociales e incluso morales, pero se resumen en una: vaya cara más dura. Todos conocemos casos públicos de empresarios o deportistas que trasladan su domicilio fiscal a Andorra, Suiza, etc. para no pagar impuestos (en este caso parece que está implicado el ya ex presidente de Deutsche Post, Klaus Zumwinkel). Y parece que lo damos por supuesto y que incluso hace gracia.
Pues a mí no me hace la más mínima. Sobre todo cuando sabemos que casi el 80% del IRPF está soportado por las rentas del trabajo, en una tendencia creciente en los últimos años, mientras que la aportación de empresarios y autónomos va a la baja gracias a las triquiñuelas legales que permiten obviar o reducir la cita con el fisco (constitución de sociedades instrumentales, "maquillaje" de cuentas, etc.). Es indignante que el actual Estado del Bienestar que, aun con sus imperfecciones, nos ofrece a TODOS pensiones, sanidad, educación..., sea socavado por esta panda de insolidarios. ¿Qué quieren, que seamos los curritos -hipercontrolados por Hacienda- los que paguemos solos? ¡Pues claro!