Sumergiéndose en documentos oficiales, informes del Parlamento y del Gobierno, analizando sus propias vivencias (sí, vivió como un proletario más) y acudiendo a periódicos de la época, Engels desgrana las miserables condiciones de vida de los obreros (en la industria textil y minera, sobre todo), expone cómo son sus viviendas, en qué consiste su alimentación o qué educación reciben. Condenados a interminables y agotadoras jornadas de trabajo con salarios de subsistencia y un medio insalubre, de ahí su altísima tasa de enfermedades y mortalidad. Llaman la atención comentarios de empresarios del momento que justifican el trabajo infantil (hablamos de niños de 12-13 años) en que "son las leyes del mercado, si no trabajan para mí trabajarán para otro y él tendrá menos costes de mano de obra que yo y me obligará a cerrar". Escalofriante.
